Los fantasmas del año nuevo: un relato.

K. tenía un don. O una maldición, vaya usted a saber que la cosa era lo uno o lo otro según el momento. El caso es que podía vislumbrar tendencias en el futuro. No datos como el número de la lotería, o el resultado de un partido de fútbol, sólo tendencias. Las veía como líneas de sucesos que se entrelazan e interactúan, creando nuevos eventos y escenarios, unos más difusos, otros más resaltados, algunos, muy pocos, brillantes. El caso es que cuando K. se refugiaba en ese lugar vacío que hace que cuando una mujer pregunta “¿en qué piensas?” el hombre pueda responder con toda sinceridad “en nada”, a K. se le aparecían las dichosas tendencias. Quizás por eso K. no convivía con ninguna mujer, porque le hubiese resultado difícil contestar a esa pregunta – tendría que haber contestado “en la fecha más probable de nuestra separación” o algo parecido – así que tras múltiples y frustrantes intentos, K. seguía viviendo solo a sus muchas décadas de edad.

Otra consecuencia del don es que K. se sentía entre la gente como un gigante entre pigmeos, porque la mayoría de sus congéneres eran capaces de planificar en horizontes de horas o días, pero él sabía con un alto grado de probabilidad qué iba a ocurrir en meses y años, así que veía los frenesís y angustias de quienes se movían a su alrededor como emociones sin sentido. Cuando era más joven esta conciencia de su diferencia – nunca lo vio como superioridad, dicho sea en su favor – le causaba serios trastornos de personalidad, porque también le hubiese gustado saber qué se siente al entusiasmarse con un partido de fútbol, o con la victoria de una determinada opción política, pero todo aquello le era insoportablemente indiferente, carente de sustancia emotiva. Con el tiempo aceptó esa falta de empatía y aprendió a fingir emociones, pero para entonces ya era tarde, ya se sentía cómodo en su soledad. Soledad relativa, ya que estaba acompañada de una gata llamada On-off, que fue el único ser vivo al que K. consiguió habituarse, ya que él era tan extraño a esos ojos de Saurón como la humanidad a los suyos. Dos fantasmas que se cruzan en un pasillo y se reconocen con despego.

Aparte de su cálido aislamiento voluntario, K. vivía confortablemente. Durante unos años su don le había permitido ganarse la vida sobradamente en el departamento de estrategia de una multinacional. Lo tenía fácil, le bastaba con documentarse sobre el tema que preocupase a sus jefes, y en su casa – hubiese resultado sospechosa su aparente ensoñación en la oficina – visualizar los caminos más probables, para al día siguiente buscarles una justificación de veinte folios. Porque como es obvio, K. intuía el resultado como evidencia, pero había que presentarlo a sus superiores como el resultado de un ciclópeo esfuerzo de la razón gestora, asumiendo que tal cosa exista.

La peor época para K. era el cambio de año, porque el ambiente de repaso del saliente y predicciones para el entrante excitaban sus visiones tendenciales, que le asaltaban en los momentos más inoportunos. Esos días acostumbraba a encerrarse en su casa con unos buenos libros de la ficción más inocua, apagaba su ordenador, su teléfono y voluntariamente perdía el mando del televisor debajo de los cojines de On-off. Sin embargo, el último día de 2014 cometió el error de leer un blog que habitualmente trata de historia antigua, y se encontró con un resumen del año político plagado de corrupciones y medidas de defensa del gobierno español frente a sus gobernados. Como no, también abundaban los comentarios sobre las posibilidades de cambio tras las diversas elecciones de 2015. K. no pudo cenar, y acabó yéndose pronto a la cama con el pecho atenazado y la garganta encogida. Trató de leer uno de esos escritos subnormales que habitualmente le permitían concentrarse en mundos ficticios, pero su imaginación se rebelaba, se escapaba de las rejas de la imaginación para volar hacia el futuro intuido. Hasta que por fin, no se sabe exactamente en qué año, K. consiguió dormir.

No habrían pasado más que unos minutos, o eso le pareció a K., cuando escuchó unos gemidos. Pensando que se trataría de alguna travesura de On-off encendió la luz y se llevó el susto del año (del año que sea) al contemplar la triste figura que intentaba fundirse con la pared y desaparecer. Un ser menudo, huidizo, de ojos inquietos. “¿Y tú quién coño eres?” exclamó K. Con poca originalidad, todo hay que decirlo. El ser se acurrucó intentando hacerse aún más menudo y cubriéndose el cuerpo con los brazos. “¿Quién eres?” casi gritó K. incorporándose en la cama, más irritado por haber sido despertado que asustado por la aparición. O aparicioncilla, por decirlo con más exactitud. “Sssssssooooyyyyy Mmmmieeedddo”. “¿Miedo? No das mucho miedo la verdad”. “Noooo, nooooo, yo sooooy Mieeeeddddo. El mieeeedo soy yo, no asuuuuusto a naaaaadie, tengo todo el sussssto para miiiií”. El espíritu, o lo que fuese aquello, no paraba de retorcerse buscando un camino para huir. “¿Y qué coño haces en mis sueños?” preguntó K., ya convencido de que aquello no podía ser real. “Nooo loo sé, de.. eh, debería esssstar en otrassss mentesss, no en la tuya. Teengo el encargo de cooontagiaarr aaa laaa geeennntteee. Noo sé qué haago en tu mente. ¡Si tú ni eres persona!”. K. notó que poco a poco el ser dejaba de encogerse, enderezaba la silueta, su mirada ya no era huidiza sino fija en un punto indefinido por encima de su cabeza. K. comprendió que el espíritu no había encontrado por dónde huir y se preparaba para luchar, y empezó a preocuparse. Pensó en seguir preguntando para distraer a Miedo. “¿Influir? ¿A qué te refieres? Ponme algún ejemplo”. “Infundo miedo a lo diferente, a los diferentes”.”¿Como yo?”. “Sí, como tú también. Insuflo miedo al cambio, y a todo lo que parezca nuevo. A los extranjeros, a los muy pobres, a los ricos, a todos los que no son como uno”. Esto último lo dijo Miedo casi con ira, ya mirando a los ojos a K. que buscaba en su mente algo que le sirviese de defensa, hasta que recordó que en los sueños no hay nada con qué defenderse de las amenazas y volvió su atención a los pies de la cama.

Miedo había desaparecido. En su lugar se encontraba una joven de buen mirar, que oteaba a su alrededor con desparpajo. Vestía una sencilla túnica, un tanto escasa se mirase por donde se mirase, y mascaba chicle, o lo rumiaba si uno se fiaba de la levedad de su mirada. “Hola, qué tal” espetó a K., que asombrado seguía buscando con la vista a Miedo. “Oh, no te preocupes, estaba Miedo por aquí pero le he dado un susto y se ha derretido. Por cierto, me llamo Simplicidad Cañí, pero puedes llamarme Simple. Todos mis amigos lo hacen”. K. a duras penas conseguía balbucear algún que otro “pero…”, “oye…”, “qué…”, aunque Simple no parecía escuchar y miraba hacia todas partes con curiosidad, deteniendo su mirada apenas un instante en cualquier cosa que brillase, o de algún modo destacase en la habitación. “A mí me gustan las cosas simples, ¿sabes? Por eso no me gustas nada, pero que nada, porque tienes una mente muy complicada. ¿No eres humano, verdad? No, seguro que no. Me estás mirando a los ojos, y los hombres normales no hacen eso. Y tienes más de un libro en la mesita, y ¡están gastados! No…”. K. cogió impulso y bramó “¡Que qué haces tú aquí!”. Simple sonrió aún más, y esta vez K. pudo comprobar que efectivamente era un chicle, no rumiaba. “Pues no tengo ni idea tron, yo tenía que estar influyendo por aquí y por allí. Ya sabes, para evitar que la gente se ralle y hacer que les gusten más las cosas simples, ¿vale? Miedo no quiere que nada cambie, y si hay que cambiar algo que sea a cosas simples. Ya sabes, mensajes sencillitos: esto es lo que necesitas, todo va bien, las cosas se están arreglando, siempre nos quedará la salud, no te compliques la vida que todo se arregla solo, la culpa es del vecino, o del otro, es de sentido común, … “. K. consiguió intercalar una pregunta “¿Y qué pasa cuando las soluciones son complejas?”. Aquí Simple se rió con una carcajada del más puro chonismo “¡No pasa nada! Nadie escucha tanto tiempo y pasan de los rollos largos”. “¡Pero esa respuesta estará equivocada, y el problema se agravará!”. “¿Y a quién le importa eso, aparte de a tipos como tú? El caso es que las cosas sean simples. La fórmula es tan sencilla que hasta yo me la he aprendido: busca a un enemigo, ponle un nombre guay, luego busca a alguien molón que te diga lo que tienes que hacer, y ya está. Y si no funciona, buscas a otro culpable y a otro molón, y…”. Lo que parecía imposible ocurrió, Simple – o Simplicidad, porque K. no la consideraba una amiga, entre otras cosas porque no tenía ni idea de lo que es la amistad – por fin se calló y empezó a difuminarse mientras exclamaba. “Adióooos, que llega Cr…”.

Una nueva figura mucho menos agradable se había personado en una esquina y miraba furibundo en todas direcciones. También vestía una túnica, pero de aspecto descolorido, vieja y sucia. El ser era esquelético y podría haber sido descrito con la semblanza del Licenciado Cabra del Buscón. Ya sabéis: “Entré en poder de la hambre viva… era clérigo cerbatana, largo sólo en el talle…”. Lo único que demostraba que aquello aún tenía vida eran los ojos, refulgentes en lo más hondo de sus cuévanos, inquietos como culo en mal asiento. Ya acostumbrado a estas apariciones, y sin saber cuánto más iban a durar, K. se arregló tranquilamente el edredón, acomodó la almohada, suspiró, y preguntó con desgana “¿Y tú quién eres? ¿El fantasma del hambre?”. Nunca lo hubiera dicho. La aparición apuntó hacia K. un dedo largo y huesudo, acabado en una uña amarillenta que parecía a punto de salir disparada tan desproporcionada resultaba. Bramó el fantasma “¡Yo soy el que dice la verdad! ¡Soy el que sabe! ¿Cómo osas dirigirte a mí con tamañas desfachatez y osadía?”. Sobresaltado a su pesar por el berrido, K. emitió un débil “Hombre, es que creí que…”. “¡Hiciste bien en creer, porque el que cree es el que acierta! ¡Soy Dogma Hispano, soy el que dice aquello en que los hombres han de creer!”. K. pensó (“Ya sólo faltaba esto, las creencias y los dogmas. ¡Acabáramos!”) pero sólo dijo “¿Y en qué crees?”. El siguiente bramido aún fue peor y hubiese despeinado a K. de haber dispuesto de flequillo, enterrado pelo a pelo en el lavabo décadas atrás. “¡¡Soy Dogma, yo no creo, yo sé!! ¡Y digo a los humanos la verdad en que deben creer! Si digo que pueden volar espero que se lancen de las azoteas. Si en verdad digo que los gobernantes tienen la razón, la tienen digan lo que digan. Si afirmo que los ricos quieren el bien de los pobres, así será. Porque está escrito que vendrá un hombre al que muchos seguirán y que dirá la verdad…“. Aquí el esqueje humano empezó a perder el resuello, y claramente el hilo de sus palabras, como resulta obvio de lo que siguió. “…sea ésta verdad la que sea, porque está escrito que vendrá el hombre, no lo que dirá, pero para eso estoy yo aquí, para asegurarme de que la verdad que diga el hombre sea reconocida, pero la podían haber escrito ya que estaban …”.

Llegados a este punto, K. perdió por completo el interés y decidió dormir dentro de su sueño, cansado y aburrido de tanta aparición, y deseando que Simplicidad se hubiese quedado un poco más, que quien sabe si el sueño no podría haber tomado otros derroteros…

Y en eso sonó el despertador. Definitiva y oficialmente ya era año nuevo, 2015, año electoral en España y Grecia. Al recordarlo, todavía arrebujado entre las cálidas mantas, K. recordó que por suerte él no era ni griego ni español, porque tener que decidir en un país dominado por el Miedo, la Simplicidad y el Dogma hubiese sin duda chocado con su don, causándole la madre de todas las jaquecas. Además, con esos tres espíritus en danza la tendencia aparecía, incluso en su evidente estado de somnolencia, diáfana.

Su último pensamiento después de acallar el despertador y darse la vuelta fue (“Tengo que seguir más la política del sur de Europa, se va a poner interesante…”) ZZZzzzz.

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2 comments

  1. Je, je, ¡nos hemos metido a cuentistas!

    A mí el final no me disgusta. Y la historia mola, el cuento de Dickens pero cambiando los fantasmas de las Navidades presentes, pasadas y futuras, por los del Miedo, la Ignorancia y el Fanatismo (que a mí me darían más canguele que los otros, todo sea dicho).

    ¡Un abrazo!

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  2. Me han comentado que el final de la historia pierde fuelle, resulta flojo. Me explico: cuando tuve la idea de escribir un relato para variar, mi primera intención fue llevar al protagonista hacia el desánimo e insinuar un suicidio. Pero estando en fiestas me pareció fuera de tono.

    Otra alternativa era que K. se trasladase a España aprovechando la posibilidad que el gobierno ofrece de compra de residencia legal, para observar el evento en primera fila. La descarté porque alargaba el cuento en exceso.

    De ahí el final rebosante de indiferencia, que me pareció la alternativa más cínica y por ello la más adecuada, y acorde quizás con mi estado de ánimo en ese momento.

    Si os parece dejad un comentario indicando qué final hubieseis elegido. Si no lo dejáis será que ya os parece bien el que hay, o que nadie está leyendo el cuento. No pasa nada, os querré exactamente lo mismo.

    Saludos, y que el 2015 os sea leve, que no me atrevo a pronosticar más allá porque no, yo no soy K.

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Gracias por dejar un comentario. Nota que no se aprobarán aquellos que superen las 250 palabras, o contengan afirmaciones no demostradas. Por ejemplo, si afirmas que la madre de algún miembro del gobierno ejerce la prostitución, tendrás que aportar pruebas.

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