Digan lo que digan, es peligroso abusar de las ensaladas

Anoche comí tanta ensalada que creo haber batido un record. Y no es que nadie pueda acusarme de ser vegetariano, no, que ya he dejado claro en otras entradas de este diario que mis amigos me conocen por “el grasas”. Soy de esos que se dejan las verduritas (¡horterada de nombre, oiga!) en el plato cuando molestan para alcanzar el solomillo. Basta con mirarme para comprobar que mi mejor amigo es el cerdo, del rabo al morro. No es cierto, en cambio, que también sea mi modelo vital. Eso es un bulo sin fundamento.

Si alguien lee estas notas en el futuro se preguntará por qué un tragaldabas como yo se ha hinchado de ensalada por la noche en lugar de beberse el agua de los floreros en la discoteca tras atracarse de pizza. Una tontería, decidí quedarme en el pueblo este puente y el mismo jueves por la tarde me torcí el tobillo al bajar las escaleras. Pero claro, en medio de la conversación por el móvil con la familia – que para empeorar las cosas ha huido a la playa hasta el domingo noche – vi que se me estaba descolgando del bocata un trozo de chorizo, y no era cosa de dejarlo llegar al suelo. Como cabía esperar, el chorizo llegó al suelo en la escalera, mi móvil llegó al suelo al final de la escalera – ahora es un bonito puzzle tecnológico – y mi cuerpo se quedó encajado cuando apoyé mal el pie. Conclusión: estoy aislado en la casa sin poder caminar más que a saltitos y sin teléfono.

Mejor o peor me he vendado el tobillo y me he prometido un fin de semana de lectura en el sillón. Pero no sólo de literatura vive el hombre, así que fui a la nevera para buscarme algo de cena y ¿qué creéis que encontré? Tenéis toda la razón: nada comestible. Acelgas, lechuga, tomates, eso sí. Pero alimentos, ni uno.

Afirmo en defensa de mi honor que no sucumbí a la primera. Me puse una copa de ginebra y me preparé un gin-sin-tónic esperando engañar al estómago. Media hora después repetí el proceso cuando mis tripas comenzaron a aullar a la muerte que me esperaba si no comía algo, y pronto.

No sé cuántas veces se repitió la cosa pero debieron ser muchas porque hoy me he despertado sentado en el suelo, enfrente de la nevera abierta de par en par, esta vez completamente vacía. Ya no quedan ni las macetas mal plantadas que había ayer. Cuando el dolor de cabeza remite creo recordar que llegué a preparar una ensalada en el barreño, pero tampoco me atrevo a poner la mano en el fuego. Aunque el barreño, estar sí que está.

Cierro esta entrada cuando son las once y media de la mañana del viernes 1 de mayo de 2015.

Tengo hambre.

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Algo está pasando. He descabezado una siesta esperando engañar al estómago, y al abrir los ojos han desaparecido la mayoría de los colores. Es difícil de explicar, pero todo tiene un tono verdoso. Recuerdo que la pared estaba pintada de amarillo, y ahora es verde claro. También juraría que el tapizado del sofá era rojo y no gris. ¿Y desde cuando la moqueta imita al césped?

(Reflexión secundaria, ¿si la moqueta imita al césped, será comestible? Aún me queda aceite y vinagre…).

Me he frotado los ojos repetidas veces para despejar la neblina. Por dar una idea aproximada, es como si llevase puestas unas gafas con filtro verde extremadamente sucias. Sólo que no llevo gafas y no tengo ni idea de donde dejé las lentillas. Sospecho que cayeron en la ensalada y serán excretadas uno de estos días.

También me cuesta cada vez más teclear en este viejo cacharro. Tengo la desagradable sensación de que mis dedos se están uniendo. Como cuando los metes en mermelada porque no encuentras una cucharilla limpia y luego se pegan entre sí.

Definitivamente algo está pasando, pero no sé qué. Igual lo que parecían setas normales procedían de la reserva del tío Luis “el Porretas”, o quizás que me he intoxicado con algo que comí.

(Nota mental, ¿las lechugas caducan? ¿Y la ginebra? Averiguarlo cuando tenga acceso a Internet).

Cierro esta entrada a las siete de la tarde del viernes 1 de mayo de 2015.

Tengo mucha hambre.

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Anoche no conseguía dormir, y sentía un fuerte impulso por bajar al patio y caminar descalzo por el huertecillo. Curiosamente ya casi no duele el tobillo, pero otras sensaciones no son tan agradables: siento que la espalda se cimbrea sin que pueda evitarlo, los dedos de las manos están casi completamente pegados, los de los pies en cambio parecen tener vida propia y de vez en cuando se lanzan a explorar el mundo a su alcance, prácticamente no veo nada excepto un velo verde grisáceo, …

Finalmente bajé y caminé descalzo por la tierra, entre las plantas del tío Luis – él dice que es cáñamo para hacer cuerdas, pero no engaña a nadie – y las lechugas de mamá. Sorprendentemente, eso me alivió el hambre, aunque acabé con los dedos de los pies cubiertos de tierra. Luego me amorré a la manguera de regar el huerto y bebí lo que creo que jamás había bebido desde que soy legalmente adulto: mucha agua.

Escribir los párrafos anteriores me ha costado varias horas, y he tenido que activar el recurso de accesibilidad del ordenador. Estoy casi ciego y me cuesta pensar. Los ritmos del tiempo se han ralentizado, el día se pasa volando.

Voy a volver al patio, me atrae el sol de primavera que acaba de salir y empieza a dar en el huerto.

Sigo descalzo cuando es sábado 2 de mayo de 2015, a las 4 y media de la tarde.

No tengo hambre, pero sí mucha sed. De agua.

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El escrito anterior apareció en la pantalla del viejo ordenador de V. Lo encontró su familia cuando regresó del fin de semana el domingo 3 de mayo de 2015 al anochecer. De V ni rastro, aparte del desastre de la cocina y de estar el suelo cubierto de tierra. Su desaparición ha sido denunciada, pero por el momento no hay ni rastro.

Como nota curiosa, en el huerto ha aparecido una tomatera que nadie recuerda haber plantado, justo entre el cannabis del tío Luis y las lechugas.

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