Aplicación del modelo de Kübler-Ross al deporte en los adolescentes estudiosos

Durante el bachillerato obtuve una cierta reputación por varios aspectos de mi personalidad (asumiendo que la tuviera, o la tenga): una de ellas era mi fama de estudiante que obtenía buenas notas, mis escasas habilidades sociales, y un cierto sentido del humor entre irónico y perverso. De lo que nunca tuve fama es de ser un deportista popular, de ahí que para mí el deporte en los estudios fuese un engorro entre fastidioso y frustrante.

Sin embargo acabé jugando de pívot en el recién formado equipo del Instituto. En este relato trato de explicar cómo pudo llegar a ocurrir semejante incoherencia.


Como conozco al grupo de atletas añosos de mi promoción de bachillerato, estoy convencido de que en algún momento glosarán las maravillas del deporte en la adolescencia (pre o post cincuentena). Tratando de prevenir en lo posible la contaminación de tan pernicioso mensaje, expongo aquí – pese al daño que ello pudiera entrañar para mi, por otra parte escaso, prestigio – la otra visión, la del lado oscuro de la fuerza… atlética, por supuesto.

A finales de los años sesenta me tocó convivir con ese tipo de individuos que no sólo aprendieron a correr antes que a hablar, sino que, cincuenta años más tarde, probablemente todavía no han parado de ejercer una y otra actividad. En cambio, quienes acostumbrábamos a utilizar ex-ante la inteligencia, carecíamos de motivación para correr hacia ningún lado sabiendo que luego tendríamos que regresar sudados,  cansados, y con las manos tan vacías como cuando salimos.

Los incentivos que nos motivaban a los alumnos ejemplares – el apelativo de empollón me lo lanzaban por envidia, pero no hay ni un ápice de verdad en ello – se relacionaba obviamente con la intelectualidad, y pese a los rumores que entonces corrieron por el patio, es totalmente falso que huyese del deporte porque era incapaz de correr sin que mis rodillas chocasen entre sí, ni que fuese incapaz de coordinar simultáneamente cuatro miembros y una cabeza.

Y así viví feliz y tranquilo, ajeno al ejercicio físico, hasta que un día aciago el profesor de deporte – cuyo nombre he borrado de mi memoria – se dirigió a mí en el patio y me comunicó que tenía que elegir deporte o me suspendería. ¡¡ME SUSPENDERÍA!! Me sentí como los marinos del siglo XV contemplando el abismo, como un informático ante una relación sexual en 3D, como un empo… estudioso ante un suspenso, en fin.

Y entonces pasé por las etapas de duelo del modelo de Kübler-Ross:

Negación. Aquello no era posible, ese hombre tenía que estar fanfarroneando. No a mí, imposible. Fui tan raudo como pude – pero sin sudar – a hablar con el Jefe de Estudios, que me lo confirmó con media sonrisa, mirándome al soslayo. De nuevo, no podía ser cierto, don Néstor no estaba bien informado. Pregunté al Secretario, y don Luis soltó una carcajada, sólo eso, no hizo falta más. Acudí a mi última opción, el Director. Don Juan Manuel apartó la pipa de su boca, frunció el ceño, y me dijo que eso no me haría daño, y que le debía una lectura de la Celestina. Ya ni siquiera cabía acogerme a sagrado.

Ira. Estaba furioso. ¿Cómo se atrevían a desafiarme? Yo podría… Yo no podría nada porque era canijo y enclenque, pero no por ello menos cabreado. Di vueltas por el patio con el ceño tan fruncido que tan sólo parecía tener una ceja. O sea, como casi siempre. Pero dar vueltas al patio resultó ser cansado porque estaba en cuesta, así que me detuve a reflexionar.

Negociación. Caminando por el dichoso patio inclinado no pude dejar de observar los deportes que practicaban alegremente mis traicioneros condiscípulos. En el patio detrás de los talleres, fútbol. Una actividad violenta que consistía en pegar patadas en la espinilla de otros con la excusa de haber fallado la pelota, que a su vez huía a la menor oportunidad de tanto bárbaro. Ni hablar. Delante de los talleres jugaban a balonmano, que era algo parecido pero allí los golpes se daban con todos los miembros acabados en puño o bota. Aún peor. Al lado de la valla, balonvolea. Ya lo probé una vez – un día tonto lo tiene cualquiera – y había comprobado empíricamente que cualquier pelota lanzada con violencia contra mi nariz, habitualmente impactaba en mi nariz sin que, misteriosamente, mis brazos fuesen incapaces de interceptar su trayectoria. Descartado. Quedaba un último deporte, el baloncesto, al que no estaba jugando nadie en ese momento, dejando una oportunidad a la esperanza.

1970 Partit basquet xics xiques2

Un pequeño detalle que no se menciona en el escrito: las canastas estaban situadas en el patio de las chicas, cuando lo típico era eso de los chicos con los chicos, las chicas con las chicas…

 

Depresión. Me hundí en la miseria. Ni siquiera me divertían las estimulantes lecturas sobre la decodificación del ADN. Aparté hastiado las distopías más regocijantes como 1984 o Un mundo feliz. Nada me satisfacía. En una explosión de autocastigo sin precedentes leí de un tirón Así habló Zaratustra y El lobo estepario. Si con eso no era capaz de embrutecerme hasta el delirio, nada podría hacerlo.

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El recién formado equipo de baloncesto del Instituto. Adivínese por las expresiones faciales quienes eran los deportistas adictos al sudor, y quienes estábamos allí por otros motivos.

 

Aceptación. El profesor de gimnasia – ¿os he dicho que su nombre se ha borrado de mi memoria? – me llamó unos días más tarde. Me acerqué mostrando toda mi rebeldía y orgullo. Es decir, despacito y vigilando mis vergonzantes rodillas para que no chocasen. Me preguntó qué había elegido. Pensé vertiginosamente en exclamar ¡¡PETANCA!! pero mi ladina lengua pronunció baloncesto. Y así pasé varios años fingiendo que jugaba a baloncesto. Y digo fingiendo porque una vez descubierto que el puesto de pívot consistía en levantar los brazos y dar saltitos sin tener que correr – insisto: ¡¡sin tener que correr!! – la cosa fue llevadera. Incluso hubo un tiempo en que llegué a fingir que me gustaba, con tanta habilidad, que saqué notables en la asignatura. Sospecho que más de uno llegó a creer que ciertamente me complacía aquello.

basquet1

Acabamos formando un equipo con la inestimable financiación de la Organización Juvenil Española (OJE) del Glorioso Movimiento Nacional. Observen sin embargo el aspecto de guerrilleros que ostentábamos todos los presentes, excepto el entrenador contratado por la OJE (de pie con su hijo, a la izquierda).

 

Esta es la historia de algo que ocurrió cuarenta y cinco años atrás, y que relato para provecho de intelectuales en ciernes que puedan verse en la misma situación. Para ellos un último consejo: si os pasa algo parecido, pedid ajedrez. A mí no se me ocurrió, y todavía lo lamento.

V.J. Nácher.

En el ITEM entre 1965 y 1973, si la memoria no me falla, que ya suele hacerlo.

Nota del autor: Algo he exagerado. Para cuando ocurrió lo relatado, yo llevaba varios años practicando judo y no era por tanto tan desgalichado, pero es cierto que los deportes de pelota me causaban pavor. Es igualmente cierto que mi elección del baloncesto ocurrió por eliminación, pero debo decir que una vez allí me encontré con un grupo de amigos a los que sigo recordando y añorando, pese a su empeño en lo de correr y sudar. A todos ellos, mi agradecimiento por soportar – en todos los sentidos – al tipo desgarbado cuyas rodillas chocaban al correr. Un abrazo con todo el cariño del que soy capaz.

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8 comments

  1. Jeje. Pero a ver, en la fotos esas de Sagrillas, ¿cuál de ellos eres tú?

    Entiendo que las canastas estuvieran en el patio de las chicas, porque incluso en mi época de estudiante, muuuuuy posterior, también eran ellas las que más jugaban al baloncesto (nosotros podíamos elegir entre futbito o fútbol sala), aunque el deporte femenino por excelencia era el voleibol.

    Se te ha olvidado un pequeño detalle que seguro que no fue casualidad a la hora de decidirte por ese deporte: que eres muy alto.

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    1. En realidad no importaba demasiado ser alto: ninguno de nuestros bases llegaba al metro ochenta, por ejemplo. De lo que estoy seguro es de que el profe de gimnasia sí lo tuvo en cuenta, y que probablemente de haber sido más bajito y rechonchete hubiese pasado desapercibido.
      Respecto a las fotos, en la OJE jugaba con el número 7, y en la foto del medio soy el único en cuclillas que no sonríe. En la primera foto apenas se me ve al fondo, vestido de calle.

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  2. A mi, que no he practicado juego deportivo alguno, me ocurrió algo parecido con el agravante de la altura, o sea canijo y bajito (dicho con cariño). Así que opté por correr durante una temporada mientras otros jugaban. Fui una especie de Forrest Gump de patio en horas de gimnasia. El como opté por correr fue porque además de no responder y no decepcionar a un equipo, no era objeto de regocigamiento visual ajeno, por eso no elegí salto de trampolín o ballet clásico, además de ser disciplinas ajenas a nuestro ITEM. No, fue onanismo deportivo, recuerda que cuando el equipo se reunia para cenar, yo estaba ahí y algún poker hechamos después. Vosotros venías de entrenar y yo de descansar por vosotros. Acabo de clasificar al deporte en dos grandes categorías: onanistica y exibicionistica.

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    1. El deporte como aberración. … Creo que puedo suscribir eso.

      Y ahora que lo mencionas, ¿porqué no te preguntamos nunca de dónde salías a la hora de las cervezas, si no se te veía nunca a la hora de sudar? ¿Será que lo asumíamos?

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    1. Buenas. Has tenido suerte, que estoy yo de guardia.
      Tengo una teoría al respecto, y es que se asimila con otras actividades. Por ejemplo:
      a) Lucha: al grito de “¡Mascalzone!” el jugador da con las tablas en la boca del otro jugador que ya no podrá comer más piezas por falta de dientes.
      b) Atletismo: cuando tiras las fichas del contrario (especialmente la dama) al suelo, cada vez más lejos, obligándole a ir corriendo a recogerlas si la partida se cronometra.
      c) Tiro: cada vez que el jugador dice “jaque”, el otro responde “Galopa y corta el viento” lanzando el caballo al ojo del contrario. El primero en conseguir dos ojos acaballados gana.
      d) Gastronomía: A la hora de comer piezas, se las aliña debidamente y se sirven sobre cuadrados del mismo color, tras haberlas adecuadamente socarrado (las blancas) o cubierto de azúcar glassé (las negras).

      Podría seguir con las cosas del alfil y la dama en la torre, pero los humanos no lo consideráis deporte (todavía).

      Saludos.

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    2. Hola Miguel. No hagas caso del batracio hiperdesarrollado, eso que ha dicho no es una tontería, son varias encadenadas.

      Hay varias razones, entre ellas que no depende del azar (en ese caso sería un juego), requiere a nivel competitivo muchas horas de entrenamiento y una alta condición física, un campeonato requiere de estrategia y táctica para cada partida, consume una notable cantidad de energía (la actividad cerebral es intensiva), etc.

      De hecho Samaranch llegó a plantear su inclusión en la lista de deportes olímpicos, y aunque no está incluido en las olimpíadas de verano, sí existen olimpíadas del ajedrez. Échale un vistazo a https://es.wikipedia.org/wiki/Olimpiadas_de_ajedrez

      Saludos, V.J.

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