El Instituto Técnico de Enseñanza Media (ITEM) y su alternativa

Recientemente se han cumplido 50 años de la inauguración del Instituto Técnico de Enseñanza Media en el que estudié una modalidad de Bachillerato que podría calificarse de precursor de la formación laboral. Al año siguiente el plan de estudios desapareció, pero un puñado de estudiantes conseguimos acabar esa maratón de 11 asignaturas anuales: empezamos cuatro aulas, acabamos 16 alumnos.

Para esta celebración unos esforzados compañeros han editado una revista conmemorativa, en la que se han incluido dos artículos breves que llevan mi firma. Éste el es el primero de ellos, en el que dejando aparte la anécdota personal se refleja una época y un modelo educativo que empezó a cambiar en los años sesenta, por suerte para mí y para mi generación. Espero que ilustren a quienes se quejan – no sin razón – del descalabro educativo en España, pero no vivieron sus orígenes, a valorar mejor de dónde partíamos.

Espero que les guste.


Cuentan que cuando Mark Twain estaba ya muy viejo y enfermo le visitó un amigo. Éste le preguntó cómo se encontraba, a lo que Mark Twain le contestó “Estupendamente. Al fin y al cabo  hacerse viejo no es malo, sobre todo si consideras la alternativa”.

Yo estudié primaria en una escuela de pueblo en Francia. A los nueve años, mi imagen de la educación era la de una buena enseñanza, en un sistema que se esforzaba por hacernos pensar en la medida de lo posible. Justo cuando iba a empezar le baccalauréat en el lycée a mi padre se le ocurrió comprar un piso en Torrente (Valencia) – ojo con la “e” final de Torrente, que entonces era cosa de poca broma – y regresar a España. Que yo apenas hablase español, y mucho menos lo supiese escribir, fue la menor de las preocupaciones del cabeza de familia.

Hoy tendemos a dar por sentadas muchas cosas que entonces no lo eran. La primera es que no había Instituto de Enseñanza Media en Torrente, así que le petit gabacho (pronúnciese lo peti gabachó) se encontró de pronto en una academia, donde un maestro salido de alguna novela de Dickens nos ponía en fila cada mañana e iba preguntando la lección. Si fallábamos por poco retrocedíamos en la fila, si fallábamos por mucho íbamos a la cola con las yemas de los dedos calientes del reglazo recibido, y si por una de aquellas acertábamos subíamos en ese escalafón académico.

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Aspecto de las aulas en los años 60. Yo recuerdo mi academia bastante más cochambrosa, pero la sensación de salir al estrado con los seis ojos del Caudillo, José Antonio Primo de Rivera y Jesucristo contemplándote no debía ser muy diferente de la que sentían estos muchachos.

Le petit gabacho, asumiendo que hubiese entendido de qué iba la cosa, avanzaba en las preguntas de ciencias en la misma medida que retrocedía – con los dedos calientes con harta frecuencia – cada vez que tocaban geografía, historia, literatura o gramática. Sólo fueron unas semanas, pero os aseguro que me río yo de H.G. Wells y su máquina del tiempo: yo viajaba al pasado cada día sin más ingenio que mi cartera con la Enciclopedia, nuestro único libro de texto, y alguna que otra libreta, pluma o lápiz.

Un buen día mi padre, con el habitual tono de mando de la época, me dijo que abrían un instituto en Torrente y que había un examen. Ya no recuerdo cuando, pero lo suficientemente cerca para que se me encogiesen las neuronas (también).

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El ITEM en la época de su inauguración. Nótense al fondo los talleres con su típico tejado en dientes de sierra, dónde los hijos del proletariado podíamos ser convertidos en productores.

 

Pasé porque algún diosecillo gabacho me echaría un cable, y tuve la fortuna de salir del siglo que fuera para entrar en un instituto nuevo de trinca, a estrenar (hubo una parte que no nos habían contado y es que para estrenarlo había que amueblarlo, que para eso contaban con nuestra fuerza bruta). Bienvenido fuera si podía salir de la fila maldita de la academia, que cada día me tocaba recorrer atrás y adelante, adelante y atrás.

ITEM 50 ANIVERSARIO -EL REENCUENTROEncontramos además que los profesores – señores catedráticos, según nos habían dicho – eran personas educadas, con conocimientos, amantes de su labor. Personas y no reflejos del pasado. En ese momento confieso que yo los adoraba a todos: doña Jacinta, don Luis, don Néstor, don Juan Manuel, …  Así fue cómo le petit gabacho se embarcó en un viaje de siete años, siete.

Nunca agradeceré lo suficiente a los administradores públicos que decidieron que Torrente tuviese un instituto de enseñanza media justo en ese año, y a los profesores que decidieron acudir hasta allí a desasnar muchachos de pueblo, bien desasnados.

Porque yo sé cuál podía haber sido la alternativa. Porque creo que todos lo sabíamos.

V.J.Nácher.

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2 comments

  1. Me ha gustado.

    Qué bueno lo de Torrente, no me había parado a pensar que se llamara así, sólo he escuchado «Torrent». Ahora se nos ha ido la mano con esto, y ya te miran mal si pronuncias «Gerona» hablando con un Murciano en la Plaza de las Flores.

    Pues tuvo que ser una putada interesante, sí, llegar del «futuré», o como se diga en franchute, y plantarse aquí en plena dictadura.

    El artículo me ha recordado inevitablemente a «Días de escuela», de Asfalto, canción ambientada en esa misma época. Como sé que tú no eres muy de esa música, aquí te dejo un enlace a la letra:

    http://www.musica.com/letras.asp?letra=2131926

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    1. En realidad yo no recuerdo aquellos tiempos como una putada, sólo la sensación de incredulidad, de estar en un mundo inposible. Te cuento una anécdota: ya un par de años más tarde, correría 1967 o 1968, cuando estudiábamos eso llamado Ciencias Naturales, se me ocurrió llevarme un librito de Darwin en francés al Instituto y comentarlo con los compañeros enseñándoles los grabados de la evolución. Al día siguiente se me acercó un chico, hijo de un farmacéutico, avisándome que su padre había amenazado con denunciarme si volvía a llevar libros heréticos al colegio. El muchacho no sabía cómo mirarme y me lo dijo de carrerilla y con la cabeza baja.
      No volví a llevar libros en francés, ni que fueran de literatura. No tanto por miedo, sino por incomprensión total de qué era una denuncia, y un herético, y cómo podía ser un libro eso, significara lo que significase. Fue una época entre surrealista y onírica, sólo que yo no sabía que lo era: tenía doce o trece años y nadie a quien preguntar.

      He escuchado la canción, y confieso que me ha gustado especialmente un detalle: yo recuerdo la leche en polvo americana de mi colegio en Villarrobledo, antes de 1960. Eran por entonces unos barracones prefabricados de forma extraña que aún se conservan y se utilizan como oficinas de una asociación del barrio de las Casas Baratas. En 1965 ya no había leche americana: nos buscábamos la vida, como ahora.
      Saludos, y gracias por el regalo de Asfalto.

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