Hasta aquí ha llegado usted. ¿Y ahora, qué hacemos?

22 de julio de 2016.

Inestimable – en sentido literal – vejestorio que ejerció de administrador de este blog.

He estado leyendo sus artículos antropológicos en Alien Social, donde afirma gratuitamente que el antropólogo tiene que enfrentarse a la cultura estudiada como si fuera totalmente ajena a ella. Siendo yo un ejemplar sobresaliente en mi especie, incluso para una raza cuyo individuo más tonto es superior al mejor ejemplar homínido, y para más inri con una longevidad indefinida, me preguntaba cómo lleva la cosa de la mortalidad un tipo tan añejo como usted.

Como estudiarle a usted en particular, y a su especie en general, me produce un aburrimiento soberano, casi prefiero que nos lo cuente directamente y nos ahorre el esfuerzo.

Desde el cariño que no le tengo,

P.Baladring.

Contingente P.Baladring. Antes de empezar permíteme precisar un puntito de nada: eres un personaje de ficción, entre otros detalles no menores, porque los gremlins no existen. Esto significa que es cierto que tu longevidad es indefinida, pero es porque desaparecerás cuando le dé la gana a la insana mente que te parió. Por decirlo de algún modo, ni siquiera superas al pato Donald (Trump no, otro Donald con más pluma pero no más listo, que siempre llevaba chaqueta pero nunca pantalones), como mucho es posible que mejores a Pluto, pero raspando el listón.

Y por cierto, a veces me pregunto por qué te parieron con apariencia de gremlin y no de macho cabrío de gran tamaño (un cabrón, para entendernos), animal que simbolizaría mucho mejor todo lo que representas.

No te voy a contar como afronto eso de la mortalidad porque no pienso dar pábulo a tu malevolencia, aunque sí confieso que lo he pensado. No porque sea un cenizo especialmente agorero, sino porque acostumbro a planificarlo todo. Por poner un ejemplo empecé a pensar en la jubilación el primer día que coticé, allá por 1974, y en ello sigo, Gobierno mediante. En la finitud de la vida, ni te cuento: desde mi más tierna infancia.

Pero ya que estamos en esta tesitura, se me ocurren algunas reflexiones que expongo de forma gratuita[1]:

Sobre mi cuerpo: me la suda porque estaré muerto. O quizás me la suda no sea la expresión correcta porque no sudaré, pero sospechad mi indiferencia en tal estado. Al respecto sólo pido dos cosas: que se me incinere, y que alguien me meta en el bolsillo unos cuantos puros para que se sepa que soy yo, que si no huele a tabaco podrían pensar que queman a alguna persona sana, y no será el caso con total seguridad. Tampoco sobrarían unas cortadas de tocino (nada de bacon, que eso es comida sajona) y alguna morcilla para vengarme del régimen opresor, pero eso ya lo dejo a vuestra decisión. Con las cenizas sólo un consejo: si las vais a tirar al viento, procurad que no sople de cara.

Un graciosillo me sugiere encargar que me llenen la barriga de maíz. Como ahí cabrán unos cuantos kilos, al incinerarme sonará una bonita mascletá y habrá palomitas para los asistentes. Por favor, si alguien lo vuelve a sugerir  y yo ya no estoy para darle un guantazo, dádselo en mi nombre. Gracias. (actualización del 28 de agosto 2017)

Sobre mi reputación: me ha costado toda una vida perderla, ahora no lo fastidiéis. Nada de ceremonias, ni misas, ni velatorios, ni trajes, ni nada que suene a persona formal y decente. Organizad más bien una cata de dulces a la por entonces ya perfecta salud del diabético, y unas gachas regadas con buen vino y mejor orujo in memoriam del abstemio forzado que fui. No temáis dejarme solo mientras tanto, que nunca fui demasiado sociable, y en este estado menos.

La espera. Puesto que es obligatorio esperar veinticuatro horas antes de la cremación (no sé si aguantaré tanto tiempo sin fumar, ¡qué ansiedad!) habrá que tener en cuenta qué hacemos durante ese tiempo. Bueno, yo sé lo que haré, a los demás les dejo algunas sugerencias. Para entonces habrá dos posibilidades:

Que pese a todos mis intentos por evitarlo sea un famoso cadáver. Sugiero que se exponga el ataúd en un cine, y se proyecte de fondo un ciclo de cortos de los Monty Python. U otros putos genios de la comedia gamberra, que soy más flexible de lo que pueda parecer en ese momento.

Que haya tenido éxito, y mi popularidad tienda a cero. Ahorraos las coronas de flores que yo ya sé quiénes de verdad me echarán de menos, poned una sábana o un monitor grande al fondo y pasad obras maestras del cine mudo. Mi favorito siempre ha sido Buster Keaton, y ahí lo dejo.

De ceremonias. Cualquiera que sea la circunstancia, es posible que alguno de mis deudos le apetezca una ceremonia, religiosa o laica, bien por alabar mi dudosa existencia, bien por simple retranca. Sea como fuere, no estaré en condiciones de oponerme, pero exijo – recalco y subrayo: EXIJO – que la pieza musical de apertura sea Sympathy for the Devil, en la versión de sus diabólicas majestades.

Ya como sugerencia, si mi pseudo-cuñado Miguel pudiese imitar los pasos contoneantes de Don Mike mientras suene al pieza, creo que se alcanzará la atmósfera adecuada. (actualizado 23 marzo 2017)

Sobre mi memoria: estaría bien que se crease una asociación o fundación que en cada aniversario organice un festival internacional – digo yo que algún rumano o marroquí asistirá – de cine surrealista. Algún ciclo de Billy Wilder (por favor, Nobody’s perfect no puede faltar), los Monty Python (exijo que todo el mundo silbe la tonadilla de Always Look on the Bright Side of Life al final de La Vida de Brian), de los hermanos Marx (Sopa de Ganso es imprescindible), José Luis Cuerda, Berlanga, etc. Ponéis por ahí un retrato mío mirando a la pantalla, me daré por recordado y no tendré que volver a recordaros que debéis recordarme, que eso de hacer de ectoplasma recordatorio debe ser muy cansado.

Una vieja tradición que nunca pasa de moda. Un acto que también podría constituir un poderoso alivio para los espíritus (cada uno el suyo, por supuesto) es quemar libros, y mejor si es en papel que los e-books apestan al arder. Aportáis un libro cada uno, y yo pongo los que falten para que la hoguera arda bien. Al fin y al cabo quemar literatura y/o conocimiento es una vieja tradición patria, tan vieja como la propia escritura. Ya me entendéis: un homenaje, entre otros muchos quemadores de libros, a Pepe Carvalho de Vázquez Montalbán, la Santa Inquisición y el Guy Montag de Ray Bradbury.

Por último, asumo que no habrá lápida porque acabaré en el mismo sitio que la ceniza de mis habituales puros, pero si por una de aquellas así fuera poned una frase chula en lugar del consabido RIP. Algo así como “Ya sabía yo que esto acabaría mal”, por ejemplo.

Si no se os ocurre ningún epitafio poderoso, consultad en Google. Y si todo falla, poned esta que con seguridad tendré más visitas:

Puro marketing online para atraer más visitantes.

Saludos.


[1] Es decir, que como no lo dejo pagado ya asumo de antemano que os pasaréis cualquier petición por el arco de triunfo

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4 comments

  1. ¡Jaja! Muy bueno.

    A mí, cuando toque, ponedme un asiático bien hecho.

    Sobre epitafios, tiene buena pinta el libro de Nieves Concostrina: “Y en polvo te convertirás”, con fotos de lápidas rarunas de toda España. Imagino que esta saldrá:

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  2. Se me pasó qué hacer durante la espera y he actualizado estas ristra de voluntades, que no son tales porque voluntad siempre me faltó (por eso sigo fumando según general consenso).
    Seguiré actualizando a medida que se me ocurran cosas (y obviamente aún no toque, porque un blog no es una ouija), así que mejor si os suscribís quienes tenéis la obligación moral de aguantarme.

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