El viaje de Ifigenia: 5. Reencuentros

León ofrecía el típico aspecto de profesor universitario joven: una chaqueta que le sentaba como el saco a las patatas, un cuello de camisa imposible de abrochar bajo pena de asfixia, una corbata que estuvo de moda medio siglo atrás, vaqueros gastados y botas de senderismo. Ifigenia lo reconoció: le impartió clases de biología durante un par de semestres. Genia le había echado unos cuantos anzuelos porque el muchacho prometía, pero resultó ser uno de esos raros especímenes que creían en la monogamia. Eso, desde luego, no lo aprendió de su padre. 

Guardaba, pese a todo, un buen recuerdo de él.

— Hola, creo que nos conocemos, pero no recuerdo dónde ni cuándo. – El joven profesor tenía una voz agradable y la sonrisa fácil.

Es curioso, pero la mirada de León le recordaba de algún modo al friki del viernes. Claro que el parecido acababa ahí: ni granos, ni vestimenta inadecuada, ni flequillos descontrolados, … León era el perfecto profesor universitario guay.

Por un momento pensó que podría estar un tanto obsesionada, pero borró rápidamente el pensamiento. ¿Ella obsesionada por ochenta kilos de carne humana con coste de reposición nulo? ¡Por favor!

— Hola – besos al aire y abrazo contenido, que la amenaza de acoso estaba en el ambiente – Me diste clases de microbiología unos años tras. Encantada de volver a verte. No sabía que fueses hijo de Raquel y Leandro.

— No suelo andar divulgando por ahí que soy hijo de catedrático.

— Y menos de ése – Terció Raquel con una sonrisa cómplice hacia su hijo – Y ahora, si nos disculpas, León y yo tenemos que hablar de cosas de familia. Estaremos en contacto.

— Por supuesto, nos iremos viendo. Hasta luego, y encantada de verte de nuevo, León.

Genia recordó de pronto que había bajado a la cafetería porque tenía hambre, así que se dirigió a la barra y pidió un bocadillo de bacon y queso fundido con lechuga, por aquello de tener una comida variada, y dos porciones de tarta de manzana, que incluir fruta en la alimentación es muy saludable. Pagó, recogió el encargo y se encaminó al departamento en el que le pagaban por dejarse ver.

Iba Ifigenia caminando pensativa, cuando al pasar por delante de la recepción del departamento de física teórica entrevió una figura que le provocó un sobresalto. Volvió sobre sus pasos, se asomó. Sí, ahí estaba Agliaret, o como se llamase el condenado friki, aunque algo mejor vestido y con una corbata colgando de lo que parecía una camisa robada a alguien varias tallas mayor. Él aún no la había visto. Lo contempló, y por un momento lo vio tan indefenso y fuera de lugar que sintió de nuevo una cierta ternura, sustituida rápidamente por una sensación de alivio ante la posibilidad de encontrar el error en su formulación. Sintió como algo muy parecido a la ira subía desde sus órganos reproductores hasta la garganta, para finalmente salir despedido por la boca.

— ¿Dónde estaba el puto error, eh? ¡Reconoce que te lo inventaste!

— ¿Eh? ¿Qué? ¿Tú?… El muchacho estaba totalmente desconcertado.

— Si hombre, ahora di que no me conoces. – Genia iba subiendo poco a poco la voz, consciente de que eso le daba ventaja en aquél entorno – Todos sois iguales, ¡un polvo mal echado y si te he visto no me acuerdo!

La cara de Agliaret, o como sea que se llame, pasó por varios insanos colores hasta estabilizarse en un rojo subido, en el que los granos de la cara brillaban con luz propia. El sudor empezó a resbalar desde el flequillo al darse cuenta de que la administrativa de recepción le miraba acusadora, y empezaban a asomar rostros ceñifruncidos desde los despachos.

— No, por favor, no lo entiendes…

— ¿¿¿Qué es lo que no entiendo, degenerado??? ¿¿¿Qué haces aquí, acosarme???

Agliaret saltó de la silla, salió al pasillo despavorido y se encerró en el baño de hombres, unos metros más allá. Bajando el tono unos cuantos decibelios, Genia preguntó a la recepcionista.

— ¿Qué hace éste aquí?

Estamos buscando un informático, y es una lástima que sea un acosador: este tío tenía un currículo que lo petas – Baja el tono de voz al nivel confidencia – Y un buen culo…

Genia agradeció la información con un cabezazo comprensivo y un guiño cómplice. Se encaminó hacia el retrete de hombres. Cuando llegó, empujó la puerta con decisión y encontró a Agliaret inclinado sobre el lavabo, con la cara chorreando agua, y dos tipos más allá, bata blanca apartada a la espalda, meando despreocupadamente.

— ¡¡Vosotros dos, fuera!! ¡¡Ya!!

Los hombres suelen sentirse indefensos en estas circunstancias cuando los increpa una mujer, especialmente si es una mujer bien plantada que está gritando, y ellos no tienen su apéndice viril en estado de revista. No chistaron, dos sacudidas breves y ambos abandonaron el lugar abrochándose los pantalones.

Mientras tanto, el joven parecía haberse calmado. Ahora estaba erguido, con la mirada entre seria y triste. La misma expresión que cuando abandonó el cuchitril de Genia, sólo que ella, entonces, no lo vio.

— Necesito ese empleo, y lo has echado a perder. Con tu acusación de machismo estoy acabado.

— Y tú me hundiste el fin de semana con esa tontería del fallo en la integración del efecto Casimir. ¡Estamos en paz!

El cambio en el joven había sorprendido a Genia, que no reconocía al friki indefenso y amorfo del viernes en este individuo que la miraba a los ojos con serenidad. Se sentía culpable, sin saber muy bien por qué. Al fin y al cabo, su comportamiento había sido el correcto en todo momento desde un punto de vista racional.

Y de pronto, la idea llegó a su lóbulo frontal: se sentía culpable porque estaba a punto de dejar pasar la oportunidad de:

a) Poder tener localizado a Agliaret hasta que explicase el supuesto error.

b) Disponer de un contacto manipulable con acceso a todos los recovecos del sistema informático de la Universidad, sin tener que dedicarse a la fastidiosa tarea de hackearlo.

c) Tener un partenaire sexual al alcance de la mano, lo bastante cerca para usarlo, pero no tanto como para que empezasen enseguida los chismorreos.

Decidió corregir su error.

— ¿Cómo te llamas? El nombre que figura en el currículo y no la tontería esa de Agliaret.

— Lorenzo.

Cogió al jovenzuelo de la corbata y tiró de él hacia la recepción dónde lo encontró. Ya cerca de la entrada, le soltó la corbata, arregló un poco como pudo la chupa que llevaba a modo de chaqueta, y lo cogió del brazo. Compuso su cara de perdón-que-me-he-equivocado-uy-qué-bochorno-estoy-pasando: labios fruncidos sobre media sonrisa compungida, cejas arriba, ojos abiertos con mirada un tanto gacha. Se dirigió a la recepcionista y a las personas con bata blanca que la estaban interrogando.

— Hola de nuevo. No sabéis como lo siento, pero me he confundido, y es que, bueno, no llevo las gafas encima, … – Ifigenia jamás ha necesitado gafas, excepto para taparse los ojos cuando va a mentir mucho y seguido – Os pido perdón a todos, y el primero a Lorenzo.

— Ah, ¿lo conoces?

— Sí, y es un técnico de muchísimo nivel. Seríais tontos si no lo contratáis, y más si está dispuesto a trabajar por la miseria que vuestro departamento le va a pagar.

El último comentario desconcertó un tanto a la gente de bata blanca, pero asumieron que al fin y al cabo el aspirante a informático lo iba a saber pronto de todas formas.

— Gracias. – Susurró Lorenzo al oído de Genia.

— Estaré esperando a que acabes la entrevista, pendejo. Despacho B5 del departamento de Física Experimental. Ni se te ocurra intentar escapar.

Compuso de nuevo su sonrisa y haciendo girar la bata blanca en un elegante vuelo, Ifigenia salió de la recepción pensando en el saludable almuerzo que la esperaba.


Algo más vamos sabiendo: el nombre oficial del friki es Lorenzo, pero ¿qué demonios – y nunca mejor dicho – significa eso de que le llaman Agliaret? Ahora bien, ¿qué le iba a proponer Raquel a Genia cuando ha llegado su hijo? ¿Sigue comprometido León, el profesor universitario guay, o está sentimentalmente disponible? Y si Ifigenia se lía con León o Raquel, ¿pasaría a ser considerada familia de don Leandro y tendrá que besarlo cuando se lo encuentre?

Hablaremos de todo ello en el próximo capítulo. O no.

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