El viaje de Ifigenia: 7. Eureka!

Ifigenia decidió por ambos que no convenía perder tiempo, así que tiró de Lorenzo hasta la cafetería. El muchacho se resistió hasta donde le fue humanamente posible. Y digo humanamente, porque se hubiese requerido el poder y la fuerza de un superhéroe para resistir al ceño fruncido de Ifigenia.

Se sentaron en la barra, sobre ambos taburetes. Las miradas de casi todos los varones y mujeres presentes se dirigieron irremisiblemente a la parte alta del taburete de nuestra protagonista. Casi todos, porque en la mesa del fondo se sentaba un ciego, que se limitó a dirigir su nariz hacia allí.

Para quien pudiera sorprenderse de que hombres y mujeres – fueran hetero, homo, trans y otras variables del espectro sexual – enfocasen los perfectísimos gluteus maximus de Genia, os recuerdo que ésta jamás discriminó a nadie por su sexo, orientación, color de piel, etc. Una perfecta activista de los Derechos Humanos, vaya.

Lorenzo escaneó la cafetería – cabeza de izquierda a derecha con los ojillos entornados y bajando la mirada un punto en cada vuelta – antes de respirar algo más tranquilo. Aunque por si acaso no quitó ojo de la puerta en el rato que estuvieron esperando. Genia le preguntó si deseaba algo en particular, a lo que contestó con un gruñido que, debidamente traducido por Ifigenia al lenguaje de la cocinera, se transformó en un bocata de lacón con tortilla de patatas y unos pepinillos (siempre hay que comer verdura, que es muy saludable y no engorda).

Cuando por fin estuvieron dispuestos los bocadillos en una bolsa, Genia pagó – previa anotación mental de la deuda en la cuenta de Lorenzo – y tiró de él hacia la puerta. Éste se rezagó inmediatamente y se colocó detrás de la muchacha. Al principio Genia no se sorprendió.  Al fin y al cabo, no sería el primero que la seguía con el fin de admirar su maravillosa estructura corporal, pero esta vez no estaba dispuesta a permitirle la distracción a Lorenzo: lo necesitaba concentrado en Casimir, y no en su culo. Sin embargo, lo único que pretendía el asustado jovenzuelo era esconderse, como si hiciese falta caminando al lado de Genia. ¿O en serio creéis que alguien se va a fijar en un tipo esmirriado, vestido con ropa indudablemente prestada y una corbata que pasó de moda en los años 50, teniendo a su lado a la Venus de Milo tuneada, en color, y con dos perfectos brazos?

Iba Ifigenia a darle un sopapo a su retrasado compañero, cuando quiso la mala fortuna que se cruzase en su camino el jefe de una, y el padre del otro. Por resumir: don Leandro.

– ¿Lorenzo? ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar preparando la oposición? ¿Y usted, Ifigenia, dónde va en horario laboral?

– Buenos días padre – Suspiro y mirada a Genia como reprochando ¡Te lo dije!

– ¿Padre? – Ifigenia lanzaba rayos verdes con la mirada, aunque por dentro se regodeaba: el tal Lorenzo le iba a ser incluso más útil de lo esperado.

– ¿Y bien, Lorenzo? Por segunda y espero que última vez, ¿qué haces aquí en lugar de estar preparando la oposición para el instituto de meteorología?

Ifigenia miró rápidamente a los dos, y encontró rápidamente un cierto parecido con Raquel y León, pero ni el más mínimo con su supuesto padre. Viendo que en cualquier momento don Leandro podría acordarse de nuevo de su situación de evidente escaqueo laboral, terció rápidamente.

– Pues no sabía que Lorenzo fuese su hijo, don Leandro ojos abiertos a tope, pestañeo-pestañeo, humedecimiento de labios, pestañeo-pestañeo, contención de la respiración para agrandar el busto, pestañeo-pestañeo – Se parece mucho a usted, ¡es un verdadero encanto!

Por un momento, don Leandro perdió la concentración.

– Eh, sí, …. ¿qué estaba yo diciendo?

Que es una gran idea que Lorenzo colabore con nosotros en los últimos pasos para completar la teoría necesaria del superconductor calentito, como dice usted tan graciosamente – pestañeo-pestañeo, risita falsa – ¡Je, je!

¿Calentito? ¿Superconductor? ¡Ah sí, claro! … ¿Últimos pasos? ¿Ha dicho usted últimos pasos?

Ahí mismo, a la vuelta de la esquina, ya sólo nos falta integrar el efecto Casimir con las ecuaciones del campo JB de Johnny Walker con la hiperesfera de Jim Beam, y estaremos a punto para pasar a la fase de experimentación de prototipos en laboratorio. Estábamos a punto de irnos a mi casa para trabajar con más espacio en la integración de los conductores sinusoidales de Cachemir.

Pues nada, nada, no se entretengan. Ya me contará usted cómo va la cosa mañana. ¡Pero no se queden ahí pasmados, por favor, váyanse a trabajar!

Ifigenia tiró del brazo de Lorenzo sin soltar los bocadillos y se dirigió rauda hacia la salida. El asombrado ser que la acompañaba aún estaba tratando de comprender qué había pasado. Se había librado de la bronca, seguida del sermón habitual aprende-de-tu-hermano-y-a-ver-si-haces-algo-de-provecho, pero no tenía ni idea de cómo lo había conseguido.

Una vez en la covacha, procedieron sin demora a liberar algunas paredes: bye-bye Gott y las cuerdas cruzadas, au revoir curvas cerradas de tipo tiempo, auf wiedersehen curvatura de la energía. Y buscaron sin denuedo la mejor estrategia de ataque de la integración de la energía del vacío percibida en el efecto Casimir.

Trabajaron duramente. Cuando el apetito apretaba, lo satisfacían rápidamente y seguían porfiando con las ecuaciones de la teoría de multiversos de Nivel III de Hugh Everett. También de vez en cuando paraban a comer, primero los bocadillos, luego la comida de Miss Schrödinger, y cuando ya no hubo más remedio los productos de la Trattoria de Shangai, abierta hasta el amanecer, servicio a domicilio.

A las 6:54:26 de la madrugada del siguiente sábado – momento histórico que conviene anotar con precisión – nuestra pareja de doctores en Física (entre otras nimiedades como ingeniería informática, biología, y algún que otro título menor que no recuerdo) lo habían logrado: una teoría a prueba de bomba – matemática, por supuesto – demostrando que el viaje en el tiempo es posible, siempre y cuando sea hacia el futuro.

Ahora ya sabéis qué obsesionaba a Ifigenia: el viaje en el tiempo. Pero sólo hacia el futuro, por una obvia razón: si ella era superior a cualquier homo de su tiempo, su esperanza de reproducción debía estar en el futuro. Quería ser la madre del superhombre desde que leyó a Nietzsche.

Ya oigo a los estrictos amantes celosos de la filosofía gritar que una raza física era lo que tenía en mente Hitler, no don Friedrich. Vale, igual no acabó de entender el concepto, pero sea como fuere, esa era su obsesión: encontrar el equivalente macho de ella misma y retozar con él hasta quedarse preñada de un super-homo. ¿Sigo oyendo reniegos indignados? Que levanten la mano quienes convivieron con el bastante salido, y más que pirado, de Nietzsche. ¿Nadie? Ya lo sospechábamos Ifigenia y yo. A los filósofos puristas: por favor salgan ordenadamente por la puerta del fondo y recojan su útil obsequio de un librillo de papel de fumar para lo que gusten.

Quienes domináis la física cuántica diréis que claro, si partimos de la paradoja EPR y de un multiverso de nivel III, es normal que sólo se pueda viajar hacia el futuro, porque ninguna máquina podría viajar a un punto en el que todavía no haya sido creada. Es la consecuencia de las curvas cerradas de tipo tiempo. Y no insistáis en el tema, porque acabaréis siguiendo el camino de los filósofos.

Dejamos aquí la discusión una vez han abandonado la sala los puristas con su librillo de papel de fumar multiusos. Ya tenemos la teoría desarrollada, pero todavía nos falta llevarla a la práctica, y para eso hacen falta un laboratorio, dinero y energía (eléctrica, claro). Y don Leandro tenía la llave de todo ello.

Tras permanecer acostados todo un día y dormir aproximadamente la mitad de ese tiempo, Lorenzo y Genia se pusieron a trabajar en un plan. En la tarde del domingo, ya estaba completado y preparado, sólo faltaba aplicarlo.


Hoy hemos respondido algunas preguntas importantes. Qué objetivo perseguía Genia con tanto afán, quién es Lorenzo y porqué no quería pasar por la cafetería, cómo integrar el efecto Casimir en la estructura de la paradoja EPR, si la comida de gato sirve para alimentar humanos, y finalmente la que probablemente os mantenía ojipláticos: si la Trattoria de Shanghái sirve a domicilio.

Quedan otras pocas cuestiones por dilucidar. ¿Cómo conseguirán nuestros jóvenes héroes resolver las muchas dificultades prácticas de la máquina del tiempo? Necesitarán superconductores de temperatura ambiente, ¿conseguirá Genia resolver a tiempo los problemas que que le comentó a don Leandro? ¿De verdad que basta ponerle una hoja de lechuga a un bocadillo de panceta con huevos fritos para convertirlo en comida saludable?

La respuesta a estas preguntas, y muchas más que ni os habéis planteado todavía, como siempre en el próximo capítulo.

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