El viaje de Ifigenia: 9. Telégata

— ¡Bajar! ¡Cabrooooooooooooooones, baaaaaaajaaaaaaar!

De nuevo, Lorenzo escuchó el grito como si viniese de muy lejos, mientras que Genia se tapaba los oídos con expresión dolorida. Se giraron hacia la gata, que seguía suspendida en su contenedor. Los miraba a ambos con gesto de furia, mostrando los pequeños y afilados colmillos. Ifigenia descolgó rápidamente la canasta, la dejó en el suelo y abrió la portezuela. Miss Schröedinger salió muy orgullosa, con cabeza y rabo alzados en señal de victoria sobre sus súbditos humanos.

Hambrienta tras un – en tiempos felinos – largo viaje, se dirigió hacia su bandeja de comida que estaba, como de costumbre, vacía.

— ¡Comer! ¡Cabrones, comer!

Genia se lanzó a rellenarlo del saco que siempre tenía a mano, por temor a que volviese a gritar. Mientras tanto Lorenzo se hacía con una jeringuilla y disimuladamente se acercaba a Miss para obtener una muestra de sangre.

— ¡Doler! ¡Cabrooooooooooooooones, doler!

Para inmediatamente a continuación seguir comiendo tranquilamente, una vez expresada su opinión sobre la acción de Lorenzo. Genia empezaba a sufrir su primera jaqueca. Para aliviarse le pegó a Lorenzo un pellizco con retortijón en el brazo.

— ¡Ay! ¿Por qué has hecho eso?

— Para recordarte que duele. Ahora vayamos al laboratorio y analicemos esa muestra. ¿Conoces a alguien en Biología?

— A mi hermano León. Pero no sé si querrá colaborar, es un estrecho.

— Llámalo y dile que vamos para analizar una muestra de una gata sospechosa de sufrir la rabia. Pero que yo haré el análisis, no tiene que preocuparse de nada.

— Pero…

— ¿No sabes decir otra cosa? Él sabe de sobras que estoy cualificada porque fue él mismo quien me certificó para el manejo de muestras biológicas peligrosas. Llama.

Costó unas pocas discusiones, súplicas y chantajes fraternos, pero finalmente León accedió. Lorenzo se dirigió a su teórico trabajo de informático-para-todo, que tenía muy abandonado, y Genia a escudriñar en la región FOXP2 del cromosoma 7.

Unas horas más tarde, Genia notificó a Lorenzo para que se presentase en su covacha a las 7 de la tarde, sin falta. La respuesta llegó inmediatamente.

¿Tengo que ir limpito? ¿Me llevo una muda?

Ifigenia sonrió para sí ante la ingenuidad del muchacho. Por supuesto, lo ignoró.

Lorenzo llegó puntual con una mochila en la que Genia sospechó – y sospechaba bien – que llevaba una muda completa por si acaso. Genia lo esperaba con Miss en su regazo.

Aquí donde la ves, tenemos una gata telépata.

— ¿Bromeas? Si acaso será telégata… – Lorenzo reía para sí haciendo un ruido como de locomotora antigua – ¿Crees que se ha vuelto inteligente por viajar unos segundos en el tiempo?

— De entrada, han sido segundos en nuestro tiempo, pero mucho más en los multiversos. Miss tiene una edad biológica de cinco años, pero sólo ha cumplido dos. Hasta tú puedes deducir que, en su tiempo ha viajado tres años.

— ¿En ese tiempo ha evolucionado tanto que ha adquirido el lenguaje, y ha saltado a la telepatía?

La sonrisa de Ifigenia se ensanchó, si cabe, mientras su mano derecha no paraba de acariciar a la gata.

— En realidad es tan tonta como antes. Pero he encontrado interesantes cambios en algunas áreas del cromosoma 7. Por tanto deduzco que el lenguaje – muy reducido, por supuesto – ya se había desarrollado, lo que ocurre es que no entendíamos sus maullidos. Ahora se comunica directamente con nuestros cerebros.

— Vale, pero yo escuchaba un susurro, y tú un grito.

— Porque tú eres un botarate primitivo, y yo soy la cumbre del género homo, en todos los sentidos. Soy mucho más sensible.

— Una última pregunta. Tú odias esa gata, ¿por qué la estás acariciando?

— Para que no grite, y si lo hace la estrangulo.

— Entendido. ¿Y ahora, qué?

— Ahora que ya sabemos que funciona, viajaré yo. Sólo tenemos que aumentar un poco la potencia del generador de vórtices para una masa de sesenta kilos, y ya está. Me ausento unos segundos del mundo, pero mientras tanto dispongo de unos años para iniciar la raza superior con algún muy afortunado hombre del futuro.

— Mientras tanto no podríamos…. Ya sabes, jugar un poco a que yo soy un hombre del futuro.

— No. Tenemos trabajo.

— Es que me tienes un tanto abandonado….

¡A trabajar!

Genia se levantó, arrojando descuidadamente a Miss Schröedinger al suelo. La indignidad de ser tratada de esa forma tan desconsiderada cuando una ya es una señora gata madura hizo que surgiese un grito de protesta.

— ¡Doler! ¡Cabrooooooooones, doler!

El grito penetró en la cabeza de Genia como un taladro. En un único movimiento lleno de gracia cogió a Miss por el pescuezo y la lanzó por la ventana que, afortunadamente, se encontraba abierta. Se fue escuchando un grito durante la caída.

— Cabrooooooooooooo…. – y luego se hizo el silencio.

Lorenzo se asomó a la ventana a tiempo de ver a Miss Schrödinger moviendo frenéticamente las patas para darse la vuelta sobre el toldo de un camión que, para su fortuna, pasaba por la calle en ese preciso momento. Fue la última vez que la vieron.


Miss Schröedinger se ha salvado por los pelos. Entre otras razones, porque a diferencia de Ifigenia, a mí me caen bien los gatos y me he sacado de la manga un camión con toldo. Además, así podrán poner el cartel ese de que ningún animal ha sufrido durante el rodaje cuando hagan la película.

Este episodio ha dejado unos cuantos nuevos interrogantes, menores para esta historia, que quizás se despejen en el próximo capítulo. ¿Cómo pudo evolucionar tan rápidamente Miss hacia la telepatía? ¿Por qué tenía Ifigenia una gata si no le gustan los gatos? Lo de Lorenzo y la “telegatía”, ¿ha sido una muestra inesperada de humor, o sabe él algo que no sepamos los demás? ¿Engendrará Miss una nueva raza de gatos telépatas que influirán en la evolución de la especie humana provocando jaquecas en las mentes más brillantes? Es decir, ¿se extinguirán los humanos inteligentes por culpa de los descendientes de Miss?

La respuesta definitiva a todas estas preguntas, y algunas más, como siempre en la próxima entrega.

O no.

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