Final del día de mierda.


Tras un café aromatizado con unas gotas de Brandy y el consabido cigarro, estoy dispuesto a enfrentarme a lo que sea que el monstruoso cabrón me haya organizado para el resto del día.

—-

Hacia las cuatro y media de la tarde, diez horas después de haber salido de casa por la mañana, he regresado. El primer paso es mudarme de ropa, cambiar los vaqueros y la camisa por un pantalón de chándal, una camiseta, y una sudadera. Como cabe esperar, todo ello de color negro o gris.

Enfundo las zapatillas y hago lo necesario para no dormirme allí mismo. Efectivamente, lo han adivinado, me preparo un café y enciendo el imprescindible cigarro. ¿Cuántos llevo? Pues no lo sé, y tampoco me importa. No soy especialmente sensible a la cafeína, y mis pulmones soportan cualquier cantidad de humo adornado con alquitrán y nicotina que le proporcione, dentro de un orden.

Tan poco sensible resulto ser que regresa el sueño goteante que me ciega e inunda mi nariz. Adiós a mi idea de leer alguno de los muchos libros que tengo a medias, porque para mí las siestas duran horas. En fin, que voy a ceder. El inconveniente es que hoy tampoco haré nada de provecho, pero en el lado positivo tengo que valorar que, dormido, no pienso en esas cosas que me insuflan mis monstruos.

Le sirvo una ración de comida a la gata y me acuesto.

—-

Creo que he vuelto. Abro con un esfuerzo el ojo izquierdo y echo un vistazo al reloj: las siete y pico. Me incorporo. Tengo ganas de orinar, pero no me atrevo porque las tripas me están presionando y podría tener que quedarme a defecar también, y eso ya lleva mucho tiempo. Me aguanto y voy a tomar otro café, este ya descafeinado, y un cigarro, sin descafeinar.

Me ronda la cabeza el nivel de irracionalidad que comportan las adicciones, llevándome a retener las ganas de mear y cagar a cambio de echar un cigarro más. La constatación del nivel alcanzado en la escala Cipolla – es en serio, este señor estudió la estupidez común – me encamina, a su vez, a despreciarme a mí mismo golpeando con ahínco a mi propia autoestima hasta doblegarla. De ahí a regresar a las fantasías de muerte solo hay un paso, pero en esta ocasión consigo entretenerme imaginando epitafios para mi lápida, que es algo que lastra menos el ánimo.

Para esto, mejor no haber venido.

Si ya sabía yo que no podía acabar bien.

No llores, tampoco es que se haya perdido tanto.

¿Qué coño haces leyendo lápidas?

Al terminar el cigarro regreso al aseo, pongo el calefactor en marcha porque la calefacción ambiental no da para andar desnudo, saco del cajón ropa interior, quito las pocas prendas que aún llevo para echarlas al cajón de la ropa sucia, y entro al cuarto de baño.

Tres cuartos de hora más tarde salgo del baño cagado, meado, y duchado. Para evitar malos rollos durante las funciones higiénicas tiro de música. Es algo variable. Si creo que soy capaz de alcanzar un estadio de buen humor pongo rock de mediados de siglo, con preferencia de las canciones relacionadas con la guerra de Vietnam. Una maravilla. Con un humor algo más sombrío tiro de clásica, preferentemente de Bach, Berlioz o Saint Saëns, solo en las grandes ocasiones Beethoven o Mozart. Pese a que soy muy aficionado y me encanta, nunca Jazz o Soul, rara vez country. Nunca jamás pop, disco y similares.

Aún así, el momento de salir de la ducha es algo delicado, porque sufro de fuertes picores en pecho y espalda. No duran mucho, apenas unos pocos minutos, pero me irritan el ánimo.

Tan pronto me he vestido con el chándal me apresuro al fumadero mientras me rasco con desesperación. Ni café preparo, directamente el cigarro.

Apenas me he sentado cuando algún imbécil decide pararse cerca de casa con el ruido que emerge del equipo de música a toda pastilla. Chim-bum-bum-chim, y viceversa. Lo oigo como si estuviese aquí mismo, y eso que sospecho que lleva las ventanillas subidas. Por si fuera poco, se pone a tocar el claxon para que su congénere hembra de la especie de los jopútidos se reúna con él.

¿Cómo lo sé? Pues porque lo he visto. Una vez salí a explicarle amablemente que estaría bien que hiciese menos ruido, como se haría con un ser racional, pero casi acabo a golpes cuando me mandó a la mierda al grito de “¿Qué pasa? ¡Tengo derecho a escuchar mi música, tronco!”. Y eso de acabar a golpes me da mucho miedo, no tanto por si pierdo la pelea, sino por si se diera el caso en que yo la ganase demasiado.

En ese momento los monstruos aprovechan la acumulación de ruido, picor y cansancio para subir el juego de nivel. Todo mi cuerpo tiembla, estoy sudando pese al frío, respiro con dificultad, los músculos se tensan a mi pesar. Me duele la mano derecha, la miro y es que he arrugado el cigarro encendido y me he quemado la palma.

En esos momentos el deseo de muerte no es solo una ensoñación más o menos vívida, o una fantasía, es algo muy real. Si yo tuviese en ese momento un cuchillo creo que no podría evitar que se clavase en mis muñecas hasta abrir mis venas.

El imbécil se marchó hace rato, cumplida su función de cómplice de mi depresión, pero un resquicio de racionalidad en mi cerebro me dice que no me levante, que no salga de allí porque tendría que pasar por la cocina, y allí sí hay cuchillos. De hecho, los estoy visualizando en ese mismo momento, uno por uno.

Así dejo pasar una hora, casi dos, tratando de regular la respiración y controlar los temblores. De vez en cuando me levanto, doy dos pasos, golpeo la pared, me acuclillo, respiro hondo, vuelvo a sentarme, fijo la vista en un ladrillo y no la retiro por minutos, casi sin parpadear, hasta que me levanto de nuevo, …

—-

El reloj de la cocina marca las diez y media de la noche cuando paso de nuevo por allí, una vez que los temblores cesaron y el ansia de autodestrucción amainó.

No tengo hambre, ni sería capaz de preparar comida. La mano me duele, pero la ignoro.

Me tumbo en la cama y apago la luz. Quedo quieto contemplando un punto en la oscuridad mientras me esfuerzo por acabar de regularizar la respiración.

Cierro los ojos tratando de caer en el sueño, momento en el que noto que la gata salta sobre la cama. Sabe que no debe acercarse demasiado, pero aún así me hace saber que con un maullido que me acompaña. Buena chica.

Empieza entonces la resaca de la crisis: los movimientos incontrolados de las piernas, las apneas de pura tensión, los calambres, los pensamientos de violencia desatada, en ocasiones contra mí, o contra otros. ¿Habéis visto la película ”un día de furia”, con un Michael Douglas totalmente desatado? Una broma comparado con lo que imagina mi mente.

—-

Ya es madrugada cuando me despierto. Debí quedarme dormido cuando terminaron los calambres y movimientos involuntarios. Voy a mear, me desnudo y me meto en la cama. Queda poco para levantarse, pero al menos no pasaré frío debajo de las mantas.

Regresan los calambres, pero ahora vienen más espaciados y duelen menos.

—-

Son las seis. Son las seis. Son las seis


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