1. El explorador (segundo intento)

Inicié este cuento en noviembre de 2021, pero por razones que tan solo a mí conciernen, no lo continué. Ya en el verano del 2022 me lo encontré por casualidad y me dio penica, así que lo terminé de escribir y decidí publicarlo de a poquito, a capítulo por semana durante dos meses (sí, son ocho breves capítulos).

Ahora bien, este despertar momentáneo del blog no implica que vaya a resucitar. Por ahora, consideradlo un inciso en el reposo de esta entelequia.


En su cuerpo de unos doscientos cincuenta kilos – aunque él ignora su peso, y, en realidad, también ignora qué es eso del peso – a duras penas cabe tanto orgullo.

Tan joven y ya lo han nombrado explorador.

Vale, es un explorador de categoría ínfima, y le han asignado el nombre de caca-líquida, pero mejor eso que ser un oyes-tú sin función alguna.

Mientras rumia mira de reojo al líder del grupo de exploradores. Hierba-de-primavera es un año mayor que él. Quizás sorprendiera su juventud, pero es lo habitual en su función. Para la exploración solo caben los machos muy rápidos y resistentes. No es este trabajo para maduritos, hembras, o crías despistadas.

Sospecha que pronto tendrán que iniciar la migración, y cuando ocurra más le vale estar en buena forma porque solo hay una clase de miembro que dure menos que un joven cansado, y es un maduro cojo.

A unos quinientos metros ve una hembra golosa e inconsciente, muy joven, casi un cría, que se aleja despreocupadamente hacia el bosquecillo en busca de algún bocado tierno.

Inicia la carrera hacia ella con la testa baja, bufando con fingida furia. Ella escucha su galope y se detiene, curiosa, hasta que observa la actitud de quien se está acercando y deduce que sería más seguro regresar.

Da media vuelta iniciando un trote desganado, provocador, como de que-conste-que-lo-hago-porque-quiero-y-no-porque-tú-me-asustes.

El explorador novel se detiene. Observa de lejos el movimiento de las ancas de la hembra, y lo encontraría sin duda sensual si la época de apareamiento hubiese llegado ya.

O no ha llegado todavía para él, según se mire.

Claro que, de todas formas, ella es demasiado joven. Eso piensa para no pensar que él es demasiado joven también, aún lejos de la posibilidad de reproducción en la jerarquía de la manada. En su imaginación, él se ve a sí mismo como un cruce de todos los cazadores que conoce: seres veloces, fuertes, con largas garras y fieros colmillos… Un cruce de león, guepardo y hiena, para entendernos, aunque esos nombres no le digan nada porque para él los come-ñus se dividen en veloces, grandes y risueños.

Pero él no es ninguna de esas cosas. Son delirios de juventud, aunque él ignore por completo qué es un delirio.

Mientras regresa trotando hacia su puesto de vigilancia ve a alguien junto a hierba-de-primavera. ¡Uf! Es nada menos que el líder del Consejo de Ancianos, el primero entre todos, el ejemplar más viejo, aquél que ya se acerca a las treinta primaveras.

Aunque eso de treinta lo decimos nosotros, porque él también ignora los números.

Lo llaman mata-cazadora-grande porque se enfrentó una vez a una gran come-ñus. La espantó, salvando así a su hembra favorita, a cambio de unas heridas a las que consiguió sobrevivir gracias a la protección de sus pares.

Bueno, vale, en realidad el viejo nunca ha matado a ninguna leona, solo consiguió alejarla, pero no deja de resultar impresionante con las cicatrices que muestra sobre su piel, que los años han convertido ya en cuero.

El viejo mata-cazadora-grande ya se aleja hacia otro grupo de exploradores, mientras hierba-de-primavera se aproxima a su posición.

Caca-líquida, iniciamos la migración. La próxima vez que brote la bola-de-luz-que-calienta. Lo dejamos sobre el flanco de luz. Guiamos.

El jefe de exploradores ya se aleja.

La migración era de esperar porque el alimento empieza a escasear en la zona, y el caudal del río ha disminuido en los últimos tiempos.

Tiempos que no sabe cuánto se han alargado porque tampoco sabe de calendarios, pero que en su mente son bastantes, entre unos pocos y muchos, aunque seguramente más cerca de muchos que de pocos.

Saldrán la próxima vez que aparezca la bola-de-luz-que-calienta, lo que significa que aún tiene que desaparecer una vez para aparecer de nuevo. Porque si no desaparece, tampoco puede reaparecer, ¿no?

Tal conclusión le parece un potente acto de inteligencia abstracta que aplaude para sí mismo. Lo que no ha pillado es eso de dejar lo que sea sobre el flanco de luz, pero lo único que tiene que hacer es esperar a ver qué hace el líder y orientarse como él.

Genial.

Y es que él es listo de testículos. Órganos que, como es sabido, albergan la capacidad de raciocinio. Por eso las hembras son estúpidas y mata-cazadora-grande muy listo.

Se produce un cierto revuelo en el grupo, e intuye que se tratará de algún come-ñus que ronda cerca. A estas horas, probablemente algún grupo de cazadoras risueñas, de esas que parece que se ríen, pero no dan risa.

Por suerte, no están cerca de su posición, así que le toca a otro grupo de exploradores.

Camina unos pasos y vuelve a descubrir a la misma hembra de antes que aprovecha el lío que se está organizando con las cazadoras para dirigirse disimuladamente al bosquecillo.

Vuelve a galopar con el aspecto más amenazador que puede componer. La hembra vuelve discretamente su joven grupa hacia él, como si nunca hubiese intentado alejarse.

— Hembra, ¡vuelve a tu lugar en la manada in-me-dia-ta-men-te!

— Vale.

— ¡Te lo ordena un explorador! ¡Obedece!

— Sí, ya el explorador caca-líquida.

Vaya, la hembra sabe cómo le llaman. Se está haciendo famoso.

— ¡Eso es! ¡Honra mi nombre, hembra!

— Lo que tú digas, caca-líquida. Por cierto, ya que lo preguntas, yo soy colita-linda.

Ella se ha girado hacia él con una mirada mansa que le hace sentir orgulloso de su poder recién adquirido.

Aunque no acaba de estar convencido. ¿Por qué tendrá esa sensación de que la hembra se está burlando?

Rechaza la idea con una sacudida de testuz, que agita virilmente sus crines en la brisa de la pradera. Sería absurdo. Es sabido que sin testículos no hay inteligencia, y sin inteligencia no puede haber burla. Eso lo ha escuchado decir una y otra vez a las hembras-madre: que los machos piensan con los testículos, ergo si no los hay…

Aunque siempre le dio la impresión de que se reían mientras lo decían…

Imposible. Si una hembra no puede humillar a un macho porque eso requeriría una capacidad proporcionada por unos órganos que no tienen, entonces ella no se ha burlado de él, y las madres no reían.

Eso es, solo le ha parecido que se burlaba, pero no.

Son manías suyas.

Pero si lo son, ¿por qué no se siente aliviado?

Regresa hacia su puesto de vigilancia con una pose gallarda, que provoca la envidia de ejemplares demasiado jóvenes, o demasiado viejos, para ejercer su función relevante en la manada.

En esa manada de ñus que emprenderá la marcha al día siguiente, cuando salga el sol, dejándolo sobre el flanco de luz, signifique ello lo que signifique.


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