3. El río.

…Aprovecha que nadie parece fijarse en él para dejar ir lo que ha estado luchando por retener. Un gran alivio. Suerte que nadie lo haya notado porque igual le devuelven el nombre antiguo.

Pincha-veloz se aleja de la deposición trotando con juvenil gallardía.

Con esto acaba el relato del primer día de la gran marcha hacia los prados de otoño…


Han transcurrido tres días sin grandes sobresaltos. Los normales tan solo, ya saben. Por ejemplo, que los cazadores-apestosos-que-ríen-sin-gracia han capturado a rumia-sin-casi-dientes, uno de los miembros del Consejo de Ancianos, lo que ha hecho muy feliz a cuernos-torcidos, que no paraba de repetir:

— ¡Que corra el escalafón, Ñus!

También han aparecido las cazadoras-grandes – o sea, entre ustedes y yo, las leonas – que se han llevado a algunas crías, y los cazadores-veloces – guepardos, para quienes no estéis familiarizados con el vocabulario ñu – han conseguido otro tanto. Pero todo ello cabe dentro de lo esperable en la vida de la manada.

Al fin, ese tercer día, cuando la bola-de-luz-que-calienta – el sol, por si no lo habéis pillado – alumbra desde lo más alto, la manada llega al río y se detiene.

Hierba-de-primavera convoca a sus exploradores al borde del barranco que ha excavado el curso del agua.

Pincha-veloz observa con curiosidad. En el lado en el que están, la altura hasta el agua tendrá una profundidad de tres ñus, cada uno en pie encima del otro. Si es que los ñus se pudiesen apilar así, naturalmente. Enfrente, el acantilado es igual de alto, con escasos senderos que asciendan hasta la llanura.

— ¡Eh, Ñus! ¡Sin empujar!

Hierba-de-primavera se ha situado a su costado y en su afán por ver – o eso ha fingido – lo ha desplazado hasta el borde mismo de la tierra.

Vuelve a fijarse en el espacio que tendrán que cruzar. Las aguas del río bajan muy revueltas y rápidas, aunque, curiosamente, no tanto como para arrastrar a los troncos que flotan en el centro de la corriente.

— ¡Eh! ¡Más cuidado!

De nuevo lo ha desequilibrado su líder, y ahora dos de sus pezuñas apoyan de forma muy inestable sobre la pendiente.

Mientras tanto, el grueso de la manada ha ido llegando y empuja a los exploradores hacia el acantilado.

Un momento, ¿a los exploradores? No, solo a él porque el resto de su cuadrilla ha retrocedido hasta situarse en una posición menos comprometida.

Lo miran con disimulo, como quien está en otras cosas más importantes, pero juraría que escucha risitas y detecta una cierta mala intención en la mirada de hierba-de-primavera.

El siguiente empujón ya es el definitivo. Pincha-veloz se desliza más mal que bien por la ladera hasta detenerse en una pequeña plataforma al borde mismo del agua.

— ¡Cacho cebroneeeeeeeeeessss!

No cae solo, llegan con él a la orilla del río varios miembros de la manada, entre ellos ojo-ciego-como-culo, así llamado por sus defectos en la vista. También es miembro del Consejo de Ancianos.

A su lado queda el maduro macho pasto-invernal-bastante-ralo, se rumorea que uno de los futuros candidatos al consejo director de la manada en cuanto se produzca una vacante.

La presión sobre la pequeña plataforma empieza a ser molesta debido a la superpoblación de ñus caídos por el terraplén. Sin embargo, desconfían tanto de los troncos que siguen flotando apaciblemente sin verse afectados por la corriente, que ninguno quiere saltar el primero.

— ¡Ahora, ojo-ciego-como-culo! ¡Salta!

— Y una boñiga blanda, pasto-invernal-bastante-ralo. Recuerdo este río de otras migraciones, y estaba plagado de troncos-con-dientes.

Abro un inciso. Obviamente, un tronco-con-dientes es un cocodrilo, que por esos pagos pueden llegar a medir unos seis metros y pesar más de doscientos kilos. Cierro el inciso.

— No se ve ni uno, ojo-ciego-como-culo.

— Ni hablar, que no nací ayer. Tírate tú primero, anda.

La conversación se está desarrollando delante mismo de nuestro explorador, que la sigue, aunque más preocupado por la caída de ñus que ya llenan el espacio seguro.

— Mira, ojo-ciego-como-culo, de verdad que no hay ni un solo tronco-con-dientes.

Quiere la suerte que en eso se deslice otro macho de gran tamaño desplazando a otro más joven, el cual no tiene mejor ocurrencia que levantar la testuz para protestar cuando tiene la cabeza justo debajo de las ancas de pasto-invernal-bastante-ralo, y al levantarla empotra un cuerno en el testículo derecho.

El maduro aspirante a ñu importante salta despavorido y cae al agua. Uno de los troncos se abalanza sobre él.

Es cuestión de segundos y un remolino para que desaparezcan ambos.

— ¿Pasto-invernal-bastante-ralo? ¿Dónde estás?

Comprobando que solo queda otro tronco esperando, al menos a simple vista de cualquiera que no sea ojo-ciego-como-culo, pincha-veloz le grita al anciano líder:

— Ha saltado, oh admirado ojo-ciego-como-culo. Ha saltado y está cruzando a nado el río. Tenía razón, venerable anciano, no se ve ni un tronco-con-dientes.

— ¿Y tú, quién eres?

Pincha-veloz, honorable ñu, un explorador de primer año.

El viejo ojo-ciego-como-culo, convencido de que un explorador tan joven no puede tener interés en su muerte, salta al río con ímpetu. Con tanto ímpetu, de hecho, que cae justo encima del segundo tronco.

Y sí, el tronco tenía dientes. Muchos dientes. Unos ochenta bien afilados, a ojo de buen cubero.

La distracción llega justo a tiempo, porque ya la plataforma se desborda y caen al agua los ejemplares que allí se amontonaban. Así, estando ambos come-ñus entretenidos con sus presas, los demás tienen una oportunidad.

Pincha-veloz no lo sabe porque todavía no tiene experiencia en estos trances, pero este es el mejor momento para saltar al agua. Mientras los pocos troncos-con-dientes que podían estar esperando en ese preciso punto están ocupados, y antes de que acudan más atraídos por el alboroto que provocan miles de cuerpos chapoteando en el agua.

La corriente lo desplaza río abajo, lo que le conviene porque la ladera situada justo enfrente del punto de cruce está saturada de ñus tratando de escalar la orilla fangosa. La parte no tan positiva es que, en un remanso algo más abajo, algunos troncos empiezan a desplazarse contra la corriente, y eso le parece muy sospechoso.

Acelera el ritmo, lo que lo lleva hacia un punto de la orilla poco favorable, con rocas elevadas en las que están resbalando las pezuñas de quienes lo preceden. Ya han fracasado dos, y delante mismo de él lo está intentando una hembra que empuja a su cría.

Claro, que si las pezuñas resbalan sobre la roca, resulta mucho más fácil caminar sobre un lomo. Da un salto, escala sobre la hembra, pisa la cría y salta a la orilla, tocando tierra firme justo tras la roca.

De nuevo se asombra de los actos de inteligencia preclara que le han permitido salvar el río. Su astucia al convencer a ojo-ciego-como-culo de sacrificarse por el bien de la manada, entregando su vida para distraer al tronco-con-dientes. Y luego el uso del cuerpo de la hembra como trampolín, logrando el fin superior de salvarse él. De la cría con la cabeza pisoteada prefiere no acordarse.

Está tan orgulloso de sí mismo, que sube por el talud en cuatro zancadas, ensimismado en sus muchas virtudes recién descubiertas. Obviamente, la empatía con las hembras, las crías o los ancianos no es una de ellas, pero por ahora eso no lo preocupa en absoluto.

Tan ensimismado asciende, que apenas se da cuenta de que lo espera una cazadora-grande – ya saben, una leona en lenguaje simiesco evolucionado – en la cima.

— ¡Aparta, cagón!

La situación podía haber acabado francamente mal para pincha-veloz, de no haberlo apartado hierba-de-primavera para llegar él primero a la plataforma, y así tener el honor de enfrentarse a la gran come-ñus. O quizás fuera otro el motivo, porque cuando nota el bocado en el pescuezo y las zarpas en el lomo, ya no parece tan arrogante.

Pincha-veloz adelanta a su líder, o quizás debiéramos decir a su bastante extinto exlíder. Galopa rebosando virilidad hacia la sabana abierta, y allí se detiene.

La manada está todavía cruzando el río, pero ya se ha formado un grupo compacto de supervivientes.

Puede ver desde su posición a varios grupos de come-ñus que acechan. Incluida una familia de tres cazadores-veloces que intentan separar a una joven hembra. ¿Ha dicho una joven hembra? Pues sí, parece que está en un aprieto la golosa temeraria empeñada en salir de la manada.

Bueno, ese no es su problema, que no se hubiese metido en líos, y total, él no tiene ninguna relación con ella…

Espera. ¿Y si sí?

No lo piensa más y arranca al galope, listo para embestir. Y digo que no lo piensa porque, en general, los ñus no tienden a establecer fuertes lazos, excepto entre madres y crías y durante poco tiempo, así que, en realidad, pincha-veloz galopa contra todos sus instintos que están aullando al unísono “¡¡huye!!”.

Pasa a toda velocidad entre dos cazadores, que se apartan asombrados. La hembra se aleja perseguida por el tercero, que trata de clavarle las zarpas en la grupa. En esa bellísima grupa ñu que pincha-veloz admira mientras sigue galopando en su dirección.

Finalmente, viendo que la hembra ha alcanzado la manada y se ha refugiado en el grupo, el come-ñus-veloz abandona para no correr el riesgo de ser pisoteado por algún ejemplar adulto demasiado asustado para saber dónde pone la pezuña.

Pincha-veloz se detiene. Sigue con la vista a los cazadores, que se están reagrupando para apartar a una cría que cojea. Un poco más allá nota un revuelo de pezuñas, imagina que se habrán acercado otros cazadores.

Ya falta poco para el anochecer. Pronto aparecerán las tribus de come-ñus-apestosos-que-ríen-sin-gracia, pero eso también entra dentro de lo normal.

Si el valeroso y joven explorador conociese la expresión, probablemente diría que está finalizando otro aburrido día en la oficina, pero obviamente no lo dirá.

¿Porque no sabe lo que es una oficina? Bien, en realidad tampoco tiene ni idea de lo que es un día. Al fin y al cabo, tan solo es un puñetero ñu que cree que pensar con los cojones es inteligencia.


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