4. El apareamiento.

…Ya falta poco para el anochecer. Pronto aparecerán las tribus de come-ñus-apestosos-que-ríen-sin-gracia, pero eso también entra dentro de lo normal.

Si el valeroso y joven explorador conociese la expresión, probablemente diría que está finalizando otro aburrido día en la oficina, pero obviamente no lo dirá. ¿Porque no sabe lo que es una oficina? Bien, en realidad tampoco tiene ni idea de lo que es un día. Al fin y al cabo, tan solo es un puñetero ñu que cree que pensar con los cojones es inteligencia…


Pincha-veloz se ha ido convirtiendo en un joven fuerte y resuelto mientras transcurrían las largas y agotadoras jornadas cuidando de la manada.

Todavía no han alcanzado su destino, y según gran-pensador, el nuevo líder de su grupo de exploración, así llamado por sus grandes órganos de pensar colgando entre sus ancas…

Pero nos estamos desviando. Como decía, según el jefe de los exploradores aún deberán caminar tanto como ya lo han hecho hasta alcanzar las praderas de otoño, en las que permanecerán hasta bien entrado el invierno. Conceptos estos, el de primavera, otoño, e invierno que, como es sabido, los ñus sitúan como primera y segunda migración, sin más. Bastante saben ellos de estaciones.

Bien, pero no nos desviemos de la historia otra vez.

Esa mañana pincha-veloz y gran-pensador patrullan tranquilamente por el espacio abierto en la manada cuando observan un extraño comportamiento: un macho ya maduro, de gran tamaño, camina hacia ellos sobre sus patas traseras, aprovechando para mostrar sus enormes y bamboleantes hemisferios de pensar y palo de mear en actitud de revista.

O, como diríamos nosotros con menos circunloquios, luciendo los genitales.

Pincha-veloz se detiene en seco, asombrado por tan extraño proceder en un macho que, de costumbre, pace a su aire sin meterse con nadie. Más aún se asusta cuando el gran ñu se planta sobre sus cuatro patas, baja la cabeza, bufa y hace ademán de embestir.

— ¡Boñigas verdes y olorosas, ya estamos otro año!

Gran-pensador se aparta con un galope corto, seguido de cerca por su subordinado.

— Ya estamos, ¿dónde, dilecto líder? – Pregunta pincha-veloz, que se ha vuelto un tanto pelota desde que tuvo el enganchón con su jefe anterior.

— En la época del apareamiento, jovenzuelo. Suerte la tuya, que tú todavía no tienes edad para participar.

En realidad, sí la tiene porque así se lo otorgó la manada, pero no dice nada. Entre otras razones, tampoco sabría qué decir porque lo pilla totalmente de nuevas eso del apareamiento. Le dieron permiso, pero nadie le ha explicado exactamente en qué consiste el privilegio. Solo sabe que tiene algo que ver con las hembras, y que piensa que le apetecerá muchísimo. O cree que lo piensa, porque es ver a una hembra joven y sus órganos de pensar se tensan.

Apenas unos pocos – por decir algo, que como ya se ha dicho aquí, los ñus no saben de números más allá de pocos, bastantes o muchos – pasos más allá, otro gran macho berrea con toda la fuerza de sus pulmones para atraer a las hembras, y parece alcanzar un gran éxito con su táctica.

— Y ese, ¿quién es, gran-pensador?

— Uno al que llaman piedras-rodantes[1], que tiene mucho atractivo entre las hembras.

— Pero si es feísimo, con esa boca enorme y esa lengua colgando…

De haber podido hacerlo, seguramente gran-pensador se habría encogido de hombros. No es tarea suya explicarle que los berreadores podían tener mucho atractivo para las hembras en la época de apareamiento, por extraño que pudiera parecer.

En cuanto a pincha-veloz, siente un fuerte impulso para bajar la testuz, arrancar al galope y embestir al berreador, pero sin saber muy bien por qué.

— Bueno, chaval, te dejo que tendré que buscarme yo también algunas hembras. Nos vemos.

— Sí, claro gran-pensador. Que tengas la suerte que te mereces.

O sea, que ojalá te cruces con una hembra cazadora gigante y dejes de impedir que corra el escalafón, piensa pincha-veloz, que a esas alturas ya ha comprendido que en la manada el individuo dura poco si no tiene poder. Todavía no se ha dado cuenta de que dura aún menos cuando lo tiene y no sabe usarlo.

Echa un vistazo alrededor. Lo de berrear no lo ve claro, y caminar a dos patas… Bueno, él no tiene órganos de pensar tan llamativos, así que ahí están bien, discretamente entre sus pezuñas traseras y bajo su rabo.

Aparte de que lo intenta dos veces, y se cae ambas.

Entretanto, ahí seguía el berrendo, atronando el aire mientras las hembras revoloteaban – es un decir, que con doscientos kilos no hay mamífero que revolotee mucho – a su alrededor.

— Ñus, ¡cállate!

Pero el vociferante ñu no calla, entre otras cosas porque, atento a las hembras como está, ni se entera de que está molestando a un joven explorador. Tampoco es que le hubiese importado de haberlo sabido, pero el caso es que sigue ahí, contoneando sus caderas al ritmo de sus mugidos.

Furioso, pincha-veloz agacha la cabeza y arranca al galope hacia el vocero. Sorprendido, este tiene el tiempo justo de bajar su testuz y enfrentar mal que bien el impacto. En resumen, pincha-veloz 1, piedras-rodantes 0.

El vencedor del primer envite se detiene y contempla al derrotado, que se levanta sin más y se dirige hacia él oscilando tan descaradamente los cuartos traseros que sus colgajos de pensar se balancean golpeando ora en un jamón, ora en el otro.

El explorador rebosa ira. Exhala con fuerza, baja la cabeza y rasca el suelo con furia. Está ya arrancando el nuevo ataque cuando tres hembras se interponen entre el berrendo y él, en actitud de lucha.

¿Hembras luchando con machos que luchan por las hembras? ¿Qué locura es esa?

Sea como fuere, cuando otras hembras que estaban escuchando al ñu mugiente se suman a las anteriores, pincha-veloz comprende que es mejor batirse discretamente en retirada.

Deambula por el prado, fijándose en la táctica utilizada por otros congéneres. Al final de la mañana ha comprendido que cada macho en edad de merecer busca un espacio propio al que atraer a las hembras. Mientras no tienen competencia en él, hacen tonterías como caminar a dos patas o bramar para hacerse notar, lo cual da oportunidades a otros machos para desafiar al dominante. Lo normal es que el desafiante acabe expulsado, pero de vez en cuando alguno vence y se queda con el territorio del vencido.

Ergo, se trata de encontrar un espacio sin dueño, o encontrar a otro macho a su alcance al que desafiar y echar de su territorio. Pan comido.

Al final del día, como cabía esperar, no ha encontrado ningún rincón sin ocupante, y tiene la cabeza dolorida por tanto choque infructuoso.

Cuando está pasando cerca de unos arbolillos casi tropieza con otro macho que dormita allí, escondido, mientras rumia unas hierbas muy olorosas.

Lo reconoce, y es reconocido.

— ¡Ñus! Vaya, si es el pirado que me ha atacado a traición. ¿Tú estás tonto, ñu, o qué?

— Me tenías harto con tanto berrido, piedras-rodantes.

— Ah, veo que mi fama ha llegado incluso a los machos. Eso me halaga.

— Sí, ya.

— Je, je, … Veo que no te ha ido muy bien. ¿Cuántas has montado?

— ¿Montado? ¿Hay que montar qué?

El famoso ñu berreador contempla al otro con ojos de burla.

— Ya entiendo. Mira, los vírgenes me caéis bien. Te voy a ayudar.

— ¿Cómo?

— Tú quédate ahí fuera y haz como que berreas, yo me encargo del resto.

Y así lo hacen. Pincha-veloz queda al descubierto, con la cabeza levantada y la boca abierta, imitando silenciosamente un berreo, mientras armoniosos mugidos salen de los arbustos situados justo detrás de él.

Al final de la jornada, el explorador ya no es virgen, sus genes han llegado a la manada y se perpetuarán, pero el dolor de testuz es imponente. Porque sí, unas pocas hembras se acercaron, pero los machos celosos fueron muchos más. Y algunos eran increíblemente fuertes.

En fin, que un año más la manada se renovará, porque si bien el coito de los ñus es muy corto, de unos pocos segundos, acostumbra a ser terriblemente efectivo.

Un procedimiento sin alma mediante el cual la manada sobrevive, e incluso crece en épocas de abundancia pese al elevado número de crías que acaban alimentando a los come-ñus. Si pincha-veloz supiese algo de estadística, igual nos diría que una de cada cuatro. Por suerte, nada sabe de estadística, ni de lo que son cuatro ya de paso, así que no se calienta los testículos con esas ideas.

De lo que opinan al respecto las hembras, nada se sabe porque, entre otras razones, a ningún macho se le ocurriría preguntar.


[1] Rolling-Stones para los ñus de habla inglesa.


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