5. La cuesta.

la manada sobrevive, e incluso crece en épocas de abundancia pese al elevado número de crías que acaban alimentando a los come-ñus. Si pincha-veloz supiese algo de estadística, igual nos diría que una de cada cuatro. Por suerte, nada sabe de estadística, ni de lo que son cuatro ya de paso, así que no se calienta los testículos con esas ideas.

De lo que opinan al respecto las hembras, nada se sabe porque, entre otras razones, a ningún macho se le ocurriría preguntar...


Poco a poco fue finalizando la época de celo, y el comportamiento de los machos se restableció en su nivel de racionalidad habitual. Es decir, caminar en la dirección que se le indica a la manada, comer hierba, defecar, y huir de los come-ñus.

Así fueron transcurriendo las apariciones y consecuentes desapariciones de la bola-de-luz-que-calienta. No muchas, ni pocas, ni siquiera bastantes. Podríamos decir que unas cuantas entre pocas y bastantes según el código numérico ñu.

Casi sin que se dieran cuenta, el terreno empezó a elevarse en una suave cuesta, pero nadie dijo nada. En el caso de los jóvenes, porque prácticamente ni lo notaron, y en el de los mayores porque no iban a reconocer que las pezuñas empezaban a pesarles. Los unos por los otros, todos callaron.

Pincha-veloz sí lo notó, porque entra dentro de las atribuciones que se esperan de un explorador detectar este tipo de circunstancias, pero como no guarda prácticamente ningún recuerdo de la migración del año anterior, tampoco tuvo nada que decir al respecto.

Los únicos que fueron conscientes de que algo estaba ocurriendo fueron los exploradores más veteranos, pero bien fuera por no hacerse notar, bien porque nadie pensara que se hacían viejos para la labor, también callaron.

Y así fueron transcurriendo unas jornadas de caminar por una suave cuesta arriba, hasta que alcanzaron un lugar desde el que se pudo ver a simple vista que la planicie estaba inclinada. Entonces empezaron los runrunes.

— Esos idiotas de exploradores ya nos han perdido.

— Toda la culpa es de ese nuevo jefe que les han puesto. Mucho hemisferio cerebral colgandero, pero no lo usa.

— Me han dicho de buena tinta que en realidad es hijo de mata-cazadora-grande y por eso ha conseguido el puesto.

— ¡Qué va! Hace ya varias migraciones que mata-cazadora-grande no monta durante el celo, solo finge, pero en realidad no… Ya me entendéis.

— No me digas, chica, que yo tuve que hacer como si me hubiese preñado, no te digo más.

— Por suerte acabaste preñada de verdad, porque ya se sabe, tú cuantos más mejor, que tampoco es que te limites mucho para la mejora de la especie.

— ¿Qué quieres decir, hocico-retorcido?

Todo esto y mucho más se rumorea de boca a oreja dentro de la manada, pero en su núcleo el cambio en el camino también ha sido percibido, no sin sorpresa. El Consejo de Ancianos se detiene para parlamentar.

Mata-cazadora-grande, esto es culpa tuya y deberías dimitir.

— Pero cabeza-colgandera-sin-casi-cuernos, ¿acaso es culpa mía que la tierra suba hacia el gran-prado-azul-de-arriba?

Cabeza-colgandera-sin-casi-cuernos tiene razón. – Deja caer cuernos-torcidos con el belfo levantado, como oliendo a boñiga reciente – No deberías haber nombrado a tu hijo como jefe de exploradores.

— Pero si gran-pensador no es hijo mío.

— Ya, eso dices tú.

— ¡Basta! Que venga ahora mismo el jefe de exploradores a informar al Consejo.

— Eso, que venga su hijo.

— Anda que no se parecen. Los mismos cuernos tienen.

— ¡Cuánta verdad, chepa-que-se-bambolea!

— Lo que está claro es que no es hijo tuyo, cuernos-torcidos.

— Vete a la gran boñiga, cabeza-colgandera-sin-casi-cuernos.

Mata-cazadora-grande se aleja del grupo para no tener que escuchar más impertinencias. ¿De dónde habrá salido ese rumor? Porque gran-pensador ha recorrido ya siete migraciones – unos cuatro años para los humanos que estén escuchando la conversación – y a él hace diez que no… Vamos, que ni queriendo.

Lo saca de sus meditaciones el revuelo producido por la llegada al galope del explorador.

— Decidme y obedezco, Consejo de Ancianos.

Falta tiempo para que empiecen a escucharse los rumores.

— No, si educado sí que es.

— Claro, ha tenido buena educación.

— Será de su madre, porque el padre…

El veterano jefe del Consejo brama con furia, agacha los cuernos y observa desde la actitud de reto a los demás miembros del grupo, que uno a uno empiezan a pastar descuidadamente, miran al cielo – ya saben, el gran-prado-azul-de-arriba – y disimulan de todas las formas que se le puede ocurrir a un ñu, que tampoco son tantas.

Mata-cazadora-grande se relaja algo, aunque promete para sí mismo renovar el Consejo en cuanto tengan que cruzar otro río de troncos-con-dientes. Y ya de paso, tiene un par de hijos con suficiente edad para ascender.

Mira con severidad al jefe de exploradores, casualmente recomendado por una de sus hembras favoritas cuando falleció tristemente hierba-de-primavera.

Gran-pensador, ¿por qué está el prado en una cuesta arriba?

El explorador no entiende la pregunta, porque le parece simplemente estúpida, pero tampoco se atreve a decirlo abiertamente.

— ¿Porque la parte lejana es más alta que la cercana?

Las risitas enfurecen a mata-cazadora-grande.

— Eso ya lo sé, ¡Ñu! Lo que pregunto es por qué estamos siguiendo un camino diferente a las migraciones anteriores.

— No estamos siguiendo un camino diferente, Gran Anciano.

— En migraciones anteriores aquí no había ninguna cuesta arriba. ¿Cómo lo explicas?

— No puedo explicarlo, pero he seguido el mismo camino de mis siete migraciones anteriores.

— ¿Cómo puedes estar seguro, explorador?

— Porque cada mañana hemos avanzado dejando la gran-bola-de-luz-que-calienta sobre el flanco de luz.

— A ver si se está confundiendo, que tampoco sería el primer ñu que confunde el flanco de luz con el de oscuridad…

— No lo creo, portentosa-flatulencia. Lo habríamos notado todos.

Los demás miembros del Consejo cabecean, aprobando. Cuando el jefe tiene razón, se le otorga. Al menos, hasta que deje de ser jefe.

— Gracias, gran-pensador. Puedes retirarte.

Bastante mosqueado por haber tenido que soportar que se pusiera en duda su competencia, el explorador se retira moviendo con furia sus cuartos traseros, haciendo oscilar las dos razones por las que se le conoce como gran-pensador.

Cuando ya se ha alejado el subordinado, mata-cazadora-grande se gira hacia el Consejo, que está pastando apaciblemente.

— Miembros del Consejo, rumiemos.

Entre los humanos habríamos dicho “reflexionemos”, o “deliberemos”, pero como es natural entre rumiantes el período de reflexión de los ñus es conocido como la rumiada. Es decir, pastan, rumian, y ese es el tiempo asignado al período de reflexión, tras el cual se someten a debate las propuestas.

Propuestas que, en realidad, acabaron limitadas a una que resumieron uno a uno los integrantes.

— Pues yo creo que tampoco hay tanta cuesta.

— Igual es que éramos más jóvenes en otras migraciones y por eso no nos dimos cuenta.

— ¿Cuesta? ¿Qué cuesta? Yo no he notado nada en mis piernas aún juveniles.

— Yo creo que esto ha sido una confabulación de los jóvenes para gastarnos una broma.

— Y ya de paso, dejarnos en ridículo.

— ¿Qué?

— No, oído-de-culo, no iba por ti.

— Ah.

Tras escucharlos durante unos minutos, mata-cazadora-grande asume que esa es probablemente la mejor solución, de modo que llegan a la misma conclusión que unos millones de años antes alcanzaron los dinosaurios: eso no es un meteorito, es un efecto óptico, y si no miras para arriba ni se nota.

— Alcanzado un acuerdo de que, en realidad, no hay ninguna cuesta, y si la hubiera siempre estuvo aquí, reanudaremos la migración con la próxima aparición de la gran-bola-de-luz-que-calienta. ¿Alguna duda?

— Esto… ¿Seguro que no es hijo tuyo?

— ¡No!

— Bueno, bueno, pues los cuernos que sepas que…

— ¡A callar, cabeza-colgandera-sin-casi-cuernos! Hale, se disuelve la reunión.

Y así, el sector conservador del Consejo, el único en realidad, decidió por unanimidad que allí no pasaba nada raro, que ese era el camino de siempre, y la cuesta siempre estuvo ahí.

También, aunque esta vez por mayoría simple, que gran-pensador tenía un indudable aire familiar con mata-cazadora-grande.


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