7. La negación.

La comprensión se abre paso en alguno de los hemisferios cerebrales del anciano.

— ¡Ñus! Vamos hacia un precipicio…


Lamentablemente la conversación ha sido seguida por buena parte de la manada, y en concreto por la aristocracia ñu, que es la que se acostumbra a camuflar en el centro para evitar a los cazadores. Como ellos mismo dicen, no es cosa de que los mejores ejemplares sirvan de alimento, para eso está la prole. Y ya que están ahí, provechan para influir en el Consejo de Ancianos y cuidar de sus intereses.

— ¿Qué dice el explorador?

— Que hay tierra que es no-tierra, y que la han diñado dos exploradores.

— Vaya, pues yo tengo unos sobrinos…

— Calla, grande-de-la-manada, que no oigo.

— ¡Eso, eso, que griten más!

— Ya gritas tú bastante, oído-lleno-de-boñiga.

— ¿Qué?

Mientras tanto, la plebe, que bastante tiene con vigilar a los come-ñus que rondan, ha seguido caminando sin aflojar el paso.

— Reverendo anciano mata-cazadora-grande, ¡hay que detener la manada inmediatamente!

El imperativo berrido de pincha-veloz es contestado por los gruñidos de desagrado de ancianos y aristócratas.

— Míralo, ni dos migraciones lleva y ya les grita a sus mayores.

— Si es que no tienen vergüenza, ni educación, ni nada.

— Y tampoco es que parezca muy listo, con esas cosillas ahí colgando.

— A esta gente habría que desterrarla por sospechosa.

— Eso, con las cebras.

El jefe del Consejo reflexiona, o rumia, que viene a ser lo mismo en este caso. Es consciente de lo que supone detener la manada. De entrada, la pérdida de tiempo en espera de encontrar un paso, si es que lo encuentran. Luego, llegar tarde a los pastos de invierno, lo que supondrá una mayor pérdida de las crías del año si nacen por el camino. Pero lo que es más importante, su prestigio sufrirá, y a saber si no camina la próxima migración en la periferia de la manada, a merced de los come-ñus.

Aunque… La bola-de-luz-que-calienta ya está casi a punto de desaparecer, y siempre puede detener la marcha con esa excusa. Si en la siguiente aparición hay un precipicio… Pues habrá sido él con su fino olfato quien ha salvado a sus ñus.

Decidido.

— Manada, ¡en marcha!

— Pero…

— Muchas gracias por tus servicios, joven. ¡En compensación por tu interés, te nombro jefe de exploradores!

Y ya que estamos, te echo todas las culpas de lo que pase si efectivamente hay un precipicio y cae alguien. Esto obviamente no se dice en voz alta, pero incluso el joven explorador lo sobreentiende.

— Gracias… supongo.

Confuso, pincha-veloz se retira. O quizás sea más descriptivo explicar que es empujado amablemente por la guardia pretoriana del Consejo mediante firmes cornadas en su lomo.

Si el explorador, ahora jefe de exploradores, hubiese sido capaz de sobrevolar la manada, habría visto que se van formando corrillos. Como nosotros sí somos capaces de hacerlo porque el papel lo resiste todo, nos acercaremos a algunos de ellos.

Empecemos por el centro, el propio Consejo.

— ¿Qué ha pasado?

— Que se nos hace viejo mata-cazadora-grande. Fíjate tú que hacerle caso a un jovenzuelo…

— Sí, casi lo convence para que detenga la manada.

— ¿Por qué?

— Ñus, oído-lleno-de-boñiga, ¡que hay que decírtelo todo!

— No le grites, ni que estuviese sordo.

— Es que está sordo.

— ¿Pero por qué quería que parase la marcha?

— Porque dice el jovenzuelo que hay un precipicio más adelante, y que poco-con-lo-que-pensar y gran-pensador han caído por él.

— Pa’berse matao.

— ¡No tiene gracia, portentosa-flatulencia!

— Para mí que el jovenzuelo ese se los ha cargado para conseguir el ascenso.

— Pues ahora que lo dices, ­cabeza-colgandera-sin-casi-cuernos

El segundo círculo interior, el de los grandes-de-la-manada, simplemente no está preocupado en absoluto. Si el Consejo es ciento por ciento conservador, ellos lo son aún más.

— Que hay una no-tierra, que decía ese impertinente niñato.

— A saber, qué será eso.

— Con la de veces que hemos migrado por aquí, y sin problemas.

— Ñu, hay que reconocer que en otras migraciones no hemos subido esta cuesta.

— ¿Quién ha dicho eso?

— El recién nombrado barón-de-cola-que-espanta-moscas.

— Un advenedizo.

— Sí, con los cuernos igualitos que los de su padre.

— ¿Ah, sí?

— ¿No lo sabías? Pues parece que sí, que el marqués-de-la-gran-testuz tuvo un celo muy fértil.

— Pero entonces, ¿hay o no hay un precipicio?

— ¿Porque lo diga un jovenzuelo subversivo? ¡Pues claro que no!

— Eso digo yo, ¿a quién le vamos a hacer caso, a un joven de los hay-que-repartir-la-hierba, o a nuestras nobles testuces?

Pero obviamente no es esa la única postura, hay muchas más. Casi tantas como cuernos, o sea dos opiniones por cabeza. Resumamos.

Para el Consejo y los aristócratas no cabía ninguna duda. Si no hubo una ladera cuesta arriba, ¿cómo iba a haber un precipicio?

Entre la minoría de jóvenes igualitarios hay-que-repartir-la-hierba, lo que llamaríamos comunismo si un ñu fuese capaz de considerar tan sesuda ideología, aparecieron dos grupos.

El primero, muy minoritario, tendía a creer al explorador puesto que era un joven, como ellos. Uno de los suyos. En consecuencia, había que adelantarse a la manada para frenarla antes de llegar a la no-tierra. Esto dicho así porque tampoco ese grupo disponía del vocabulario necesario para nombrar al abismo.

El segundo, políticamente concienciado hasta donde un ñu pueda estarlo, se barruntaba que lo que pretendían los aristócratas y el Consejo era dejarlos allí mientras ellos se quedaban con la mejor hierba en las praderas de otoño, y eso no lo podían permitir.

El resultado es que, en general, los jóvenes empezaron a acelerar el paso para alcanzar la cabeza de la migración.

Por otro lado, las hembras, a las que nadie había consultado porque no disponían de los dos colgajos de pensar, sospecharon que los puñeteros machos se la iban a jugar, como de costumbre. Las dejarían atrás para que los come-ñus se distrajeran con las crías primero, y con ellas cuando fueran a defenderlas. Pues de eso nada, que por una vez llegarían ellas en cabeza. Y se pusieron a empujar al núcleo de la manada.

En cuanto al resto, los rumiantes no reflexivos… o sea, la mayoría rumiante, obedeció las órdenes hasta que notaron que los jóvenes, las hembras y las crías empezaban a acelerar. Viéndose rezagados, y por tanto más vulnerables, apretaron también el paso.


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