8 y último. La estampida.

En cuanto al resto, los rumiantes no reflexivos… o sea, la mayoría rumiante, obedeció las órdenes hasta que notaron que los jóvenes, las hembras y las crías empezaban a acelerar. Viéndose rezagados, y por tanto más vulnerables, apretaron también el paso...


Al paso vivo que toma la manada los pocos kilómetros que les falta para alcanzar la meseta se cubren rápidamente, cuando aún falta bastante – ni poco ni mucho – para que oscurezca.

Pincha-veloz y los demás exploradores corren de un lado a otro gritando.

— ¡Parad!

Pero nadie escucha ya. Es más, son imprecados desde la manada con comentarios del estilo de:

— Ya, porque tú lo digas.

— Y una boñiga os vais a quedar con la mejor hierba.

— ¡Sois unos vendidos a la oligarquía!

Incluso alguna hembra furiosa ante los aspavientos de los exploradores, al fin y al cabo machos todos ellos, hace ademán de embestirlos. Finalmente, la disciplina se rompe. Incluso estos sacrificados y normalmente honorables jóvenes se suman a la carrera.

— ¿Sabes lo que te digo, pincha-veloz? Que te monte un cebrón.

— ¡Bien dicho, rabo-enhiesto!

Entretanto, en el centro de la manada, el Consejo ha empezado a caminar casi en círculo, desviados por quienes tienen a los lados, mientras notan cómo los empujan desde atrás. Comprendiendo que su plan no va a tener éxito, mata-cazadora-grande trata de corregir lo que se le antoja como una abierta rebelión.

— ¡Deteneos! ¡Detened la manada!

— Sí ñu, a buenas horas.

— Eh, ¿quién me está metiendo un cuerno por el ojo-que-no-ve?

— Excúsame cabeza-colgandera-sin-casi-cuernos, es que me están empujando

— Dale más fuerte, cuernos-torcidos, ¡que corra el escalafón!

— ¿Queréis parar? ¡Subversivos, terroristas!

— Ya nos gustaría a nosotros, marqués-de-la-gran-testuz, pero el populacho anda revuelto.

— ¿El populacho nos empuja? ¡Qué vulgaridad!

Como ya se ha comentado, al final de la manada suelen quedar los más vulnerables. Ñus cojos, viejos que nunca alcanzaron el estatus de anciano, crías heridas y sus madres…

Unos pocos machos rumian tranquilamente mientras observan con un cierto recuerdo de lujuria las juveniles ancas de la hembra golosa que ya conoce pincha-veloz, que anda remoloneando sin prestar atención a lo que sucede.

Una hembra adulta se separa de la manada y corre hacia la joven.

Colita-linda, corre, que la manada se va sin nosotras.

— ¿Sin nosotras? ¡Qué poca formalidad!

Ambas vuelven grupas y parten al galope, lo que alegra la mirada de los viejos machos, pero también les hace advertir que se están quedando solos.

— Anda, tres-pezuñas, fíjate tú qué prisas tienen todos.

— Igual ha pasado algo, un-solo-cuerno.

— Anda, lo que se me está ocurriendo.

— ¿El qué, testuz-abollada?

— Vamos a provocar una estampida.

— Venga hombre, que la última vez el Consejo nos llevó hasta los come-ñus y nos salvamos por los pelos.

— Sí, suerte que a un-solo-cuerno se le ocurrió redirigirlos hacia las crías, que si no…

— Ahí te ganaste tu nombre de tres-pezuñas.

— No me lo recuerdes.

— ¡Que sí, ñus! Que no va a pasar nada porque ya está desapareciendo la gran-bola-de-luz-que-calienta. Ni siquiera sabrán quién ha sido.

— Oye, pues visto así…

— Venga, tres-pezuñas, tú y yo por aquí, un-solo-cuerno y testuz-abollada por el otro lado.

— ¿Y qué decimos?

— Que viene a la carrera una manada de grandes come-ñus.

— Vale, y que huyen del fuego-que-quema-la-pradera, que viene detrás.

— Eso, eso.

Y allí que se van los vejestorios, dos por cada lado, gritando a todo berrido.

— ¡Fuego, fuego!

— ¡Y grandes come-ñus también!

— ¡Come-ñus que lanzan fuego!

— ¡Huyamos de los ardientes come-ñus!

La periferia de la manada, viendo correr a los perdedores que casi no pueden caminar, dan por buenas ambas informaciones. Y se inicia la estampida.

Pincha-veloz se había situado en cabeza, tratando de frenar la manada con los dos exploradores que aún le obedecen. Pero un cosa es tratar de frenar a un grupo ordenado, y otro detener una estampida.

— ¡Huid, salvaos! – Les ordena a los jóvenes que tratan de ayudarlo, pero demasiado tarde porque son arrollados.

Él trata de apartarse corriendo con todas sus fuerzas en paralelo a los matorrales que señalan la no-tierra.

Algún cuerno le roza las ancas, pero lo consigue.

Se gira para contemplar cómo, hilera tras hilera, los ñus saltan o pisotean los matorrales y se precipitan al vacío.

Poco después ya ha oscurecido casi por completo. Tan solo unos pálidos rayos de luna iluminan la pradera por la que aún se mueven algunas sombras. Del fondo del precipicio no cesan de elevarse berridos de miedo y dolor.

Aún transcurre un rato hasta que huele a las manadas de cazadores-apestosos-que-ríen-sin-gracia, buscando sin duda un camino de descenso al barranco.

Y así pasa la noche, entre mugidos, rugidos, risas-sin-gracia y el horror de lo vivido.

—-

Cuando la bola-de-luz-que-calienta se levanta de nuevo, iniciando el día siguiente, la pradera se encuentra prácticamente vacía si exceptuamos los cuerpos arrollados en la estampida, y los grandes-pájaros-de-cuello-pelado que se afanan sobre ellos, en feroz disputa con los come-ñus-que-ríen-sin-gracia.

Con cuidado para no irritar a los carroñeros, se asoma al borde de la no-tierra. Del fondo aún se elevan berridos desesperados, pero la masa de sus congéneres aparece recubierta por los lomos de una multitud de come-ñus, cómodamente repartidos sobre la superficie más oscura de los restos de la manada.

Regresa hacia la meseta con el corazón desbocado y la garganta encogida.

— ¡Ñu! Mira, un-solo-cuerno, un explorador.

— Muy bien, ¡a estos inútiles quería yo cantarles las cuarenta!

— ¡Incompetente!

Pincha-veloz mira compungido a los cuatro viejos ñus. También él se siente incompetente, terriblemente responsable de la matanza por más que recuerde haber intentado todo para detenerlos. Lo que le bulle por dentro es un deseo feroz de galopar hasta la no-tierra y saltar tan lejos como pueda para reunirse con su manada.

— Chicos, chicos, no os paséis que ahora nos vendrá bien tener un explorador para nosotros solitos.

— Pues ahora que lo dice tres-pezuñas es verdad, no estaría de más. Oye tú, jovenzuelo, ya estás buscando un camino para llevarnos a los pastos de otoño.

— Muy bien dicho, testuz-abollada. Que yo soy friolero.

— Y aquí hay más come-ñus de lo que me gusta a mí.

— Eso. Venga, jovencito, en marcha.

— En marcha él, que aquí queda mucha hierba y yo no he terminado de desayunar.

— Eso quería yo decir, un-solo-cuerno.

Si ya estaba convencido, ahora es cualquier duda se ha desvanecido. Pincha-veloz se gira hacia los restos de los matojos e inicia su última galopada.

— ¡Caca-líquida! Oye, que me he despistado sin querer porque había por ahí una mata que estaba diciendo cómeme y…

Pincha-veloz detiene su carrera en seco. Los ojos del explorador se abren de par en par, al igual que su boca. Hacia él se dirige con expresión desconcertada colita-linda, la bella ñu a la que aparentemente ha salvado su golosinear.

— Vaya, si hasta tenemos una hembra.

— Para lo que te va a servir, un solo-cuerno, porque tú no ganas ningún enfrentamiento por las hembras desde hace…

— Mucho.

— Exacto, tres-pezuñas, desde hace mucho.

— ¡Eso lo veremos, ñus! Que a donde no llega mi testuz, alcanza mi cuerno…

— ¡Ñus! Ya le ha dado por decir cebradas.

— Venga, dejaos de tonterías que en cualquier combate nos gana el puñetero jovenzuelo.

— Tranquilo, testuz-abollada, que de ese nos deshacemos en cuanto lleguemos a las praderas de otoño.

— ¿Y luego? ¿Cómo regresamos a las de primavera?

— Muy largo me lo fías, amigo.

— Anda, ¿y ese qué hace ahora?

— Cuidado, ¡se ha vuelto loco!

Pincha veloz ha embestido al grupo, que huye a gran velocidad en dirección a un grupo de cazadores-grandes que no pueden creer en su suerte.

— Vamos, colita-linda. Marchemos de aquí.

— Uy, no, mi madre me mata.

— No, no lo creo.

— ¿Por qué? ¿Y dónde se ha ido todo el mundo?

— No los necesitamos.

Y por primera vez en la historia de los ñus, un explorador no dejó la bola-de-luz-que-calienta sobre un flanco, sino a su culo.

O, mejor dicho, a las espléndidas ancas de colita-linda.


FIN


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