La sobredosis de ensalada: 1, lunes noche.

En 2015 escribí un cuento sobre los peligros del vegetarianismo. Como me ha parecido digno de ser rescatado, lo he adaptado a esta semana de larguísimo puente y os lo reenvío por si os lo perdisteis ocho años atrás.


Anoche comí tanta ensalada que creo haber batido un récord. Y no es que nadie pueda acusarme de ser vegetariano, no, que ya he dejado claro en otras entradas de este diario que mis amigos me conocen por “el grasas”. Soy de esos que apartan las verduritas (¡horterada de nombre, oiga!) en el plato cuando molestan para alcanzar el solomillo. Basta con mirarme para comprobar que mi mejor amigo es el cerdo, del rabo al morro. No es cierto, en cambio, que también sea mi modelo vital. Eso es un bulo sin fundamento.

Si alguien lee estas notas en el futuro se preguntará por qué un tragaldabas como yo se ha hinchado de ensalada por la noche en lugar de beberse el agua de los floreros en la discoteca tras atracarse de pizza. Una tontería, decidí quedarme en el pueblo este puente y esta misma tarde me torcí el tobillo al bajar las escaleras. Pero claro, en medio de la conversación por el móvil con la familia – que para empeorar las cosas ha huido a la playa hasta el domingo noche – vi que se me estaba descolgando del bocata un trozo de chorizo, y no era cosa de dejarlo llegar al suelo. Como cabía esperar, el chorizo llegó al suelo en la escalera, mi móvil aterrizó al final de la escalera – ahora es un bonito puzzle tecnológico – y mi cuerpo contó los escalones uno a uno cuando apoyé mal el pie. Conclusión: estoy aislado en la casa sin poder caminar más que a saltitos, y sin un teléfono que llevarme a la oreja.

Mejor o peor me he vendado el tobillo y me he prometido un fin de semana de lectura en el sillón. Pero no sólo de literatura vive el hombre, así que fui a la nevera para buscarme algo de cena y ¿qué creéis que encontré? Tenéis toda la razón: nada comestible. Acelgas, lechuga, tomates, eso sí. Pero alimentos, ni uno.

Afirmo en defensa de mi honor que no sucumbí a la primera. Me puse una copa de ginebra y me preparé un gin-sin-tonic esperando engañar al estómago. Media hora después repetí el proceso cuando mis tripas comenzaron a aullar a la muerte que me esperaba si no comía algo, y pronto.

No sé cuántas veces se repitió la cosa, pero debieron ser unas cuantas porque hoy me he despertado sentado en el suelo, enfrente de la nevera abierta de par en par, esta vez completamente vacía. Lo mismo cabe decir de la botella de ginebra. Ya no quedan ni las macetas mal plantadas que había ayer. Cuando el dolor de cabeza remite creo recordar que llegué a preparar una ensalada en el barreño, pero tampoco me atrevo a poner la mano en el fuego.

Aunque el barreño, estar sí que está.

Cierro esta entrada cuando es casi medianoche del lunes 5 de diciembre de 2022.

Tengo hambre.


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