Los fantasmas del año electoral: 1 – M., de Macario

Este es otro cuento que publiqué en 2014, pero también creo que puede ser reutilizado, lo que siempre resulta una ayuda para escritores perezosos. Es una versión actualizada del Cuento de Navidad de Dickens, aderezada con cierta sorna política.

Espero que lo disfrutéis.


M. – de Macario – tenía un don. O una maldición, vaya usted a saber, que la cosa era lo uno o lo otro según el momento. El caso es que podía vislumbrar tendencias en el futuro. No datos como el número de la lotería, o el resultado de un partido de fútbol, sólo tendencias. Las veía como líneas de sucesos que se entrelazan e interactúan, creando nuevos eventos y escenarios, unos más difusos, otros más resaltados, algunos, muy pocos, brillantes. El caso es que cuando M. se refugiaba en ese lugar vacío que hace que cuando una mujer pregunta “¿en qué piensas?” el hombre pueda responder con toda sinceridad “en nada”, a M. se le aparecían las dichosas tendencias. Quizás por eso M. no convivía con ninguna mujer, porque le hubiese resultado difícil contestar a esa pregunta – tendría que haber respondido “en la fecha más probable de nuestra separación” o algo parecido – así que, tras múltiples y frustrantes intentos, M. seguía viviendo solo a sus muchas décadas de edad.

Otra consecuencia del don es que M. se sentía entre la gente como un gigante entre pigmeos, porque la mayoría de sus congéneres eran capaces de planificar en horizontes de horas o días, pero él sabía con un alto grado de probabilidad qué iba a ocurrir en meses y años, así que veía los frenesís y angustias de quienes se movían a su alrededor como emociones sin sentido. Cuando era más joven esta conciencia de su diferencia – nunca lo vio como superioridad, dicho sea en su favor – le causaba serios trastornos de personalidad, porque también le hubiese gustado saber qué se siente al entusiasmarse con un partido de fútbol sin conocer el resultado de antemano, por poner un ejemplo, pero todo aquello le era insoportablemente indiferente, carente de sustancia emotiva. Con el tiempo aceptó esa falta de empatía y aprendió a fingir emociones, pero para entonces ya era tarde, ya se sentía cómodo en su soledad. Soledad relativa, ya que estaba acompañada de una gata llamada Onoff, el único ser vivo al que M. consiguió habituarse, ya que él era tan extraño a esos ojos de Sauron como la humanidad a los suyos. Dos fantasmas que se cruzan en un pasillo y se reconocen con despego.

Aparte de su cálido aislamiento voluntario, M. vivía confortablemente. Durante unos años su don le había permitido ganarse la vida sobradamente en el departamento de estrategia de una multinacional. Lo tenía fácil, le bastaba con documentarse sobre el tema que preocupase a sus jefes, y en su casa – hubiese resultado sospechosa su aparente ensoñación en la oficina – visualizar los caminos más probables, para al día siguiente buscarles una justificación de veinte folios. Porque como es obvio, M. intuía el resultado como evidencia, pero había que presentarlo a sus superiores como el resultado de un ciclópeo esfuerzo de la razón gestora, asumiendo que tal cosa exista.

La peor época para M. era el cambio de año, porque el ambiente de repaso del saliente y predicciones para el entrante excitaban sus visiones tendenciales, que le asaltaban en los momentos más inoportunos. Esos días acostumbraba a encerrarse en su casa con unos buenos libros de la ficción más inocua, apagaba su ordenador, su teléfono y voluntariamente perdía el mando del televisor debajo de los cojines de Onoff. Sin embargo, el último día de 2022 cometió el error de leer un blog que habitualmente trata de historia antigua, y se encontró sin previo aviso con un resumen del año político plagado de tremebundos titulares. Cómo no, también abundaban los comentarios sobre las posibilidades de cambio tras las diversas elecciones de 2023. M. no pudo cenar, y acabó yéndose pronto a la cama con el pecho atenazado y la garganta encogida. Trató de leer uno de esos escritos minusculturales que habitualmente le permitían concentrarse en mundos ficticios, pero su imaginación se rebelaba, se escapaba de las rejas de la razón presente para volar hacia el futuro intuido.

Hasta que, por fin, no se sabe exactamente si sucedió en 2022 o 2023, M. consiguió dormir.


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