El viaje de Ifigenia: 5. Reencuentros

León ofrecía el típico aspecto de profesor universitario joven: una chaqueta que le sentaba como el saco a las patatas, un cuello de camisa imposible de abrochar bajo pena de asfixia, una corbata que estuvo de moda medio siglo atrás, vaqueros gastados y botas de senderismo. Ifigenia lo reconoció: le impartió clases de biología durante un par de semestres. Genia le había echado unos cuantos anzuelos porque el muchacho prometía, pero resultó ser uno de esos raros especímenes que creían en la monogamia. Eso, desde luego, no lo aprendió de su padre.  (más…)

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El viaje de Ifigenia: 4. Encuentro

Ifigenia conoció a Agliaret un viernes, lo que le dejó todo el fin de semana para rastrear, disparar, cazar, y cocinar el gazapo (si es que finalmente lo había). Primero situó el posible lugar donde encontrar el error. Agliaret podía observar desde su posición tres paredes del dormitorio-cocina-comedor-sala-de-estar, pero leer los detalles de las esquinas más alejadas de la ventana y el mini-pasillo-de entrada-vestidor hubiese puesto en riesgo su actividad gimnástica, y ella lo habría notado, o eso suponía. Tampoco había nada escrito en la pared de la izquierda, dónde se encontraba el huequecillo que dicen que contenía, en una hipótesis nunca verificada empíricamente, la cocina.

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El viaje de Ifigenia: 3. Revelación

La razón holística, fractal y heurística de Ifigenia analizó los riesgos y expectativas de beneficio en un plis plas, y eligió. El friki, que tenía la ventaja a priori de ser, con casi total seguridad,  humano, y unas pilas, por si acaso.

Ifigenia apuró el último sorbo de su cerveza tibia de dudoso origen, se levantó de la mesa y se sentó al lado del atemorizado friki, de quién, por ahora, ignoramos el nombre. Claro, que para lo que nos va a servir, tampoco es que importe demasiado.

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El viaje de Ifigenia: 2. Apetitos

Ifigenia trabajaba por entonces a las órdenes de un catedrático, que le pagaba por fingir que investigaba un nuevo tipo de superconductor en condiciones ambientales. En realidad, nuestro doctísimo cenutrio – al parecer de Genia, además de arrogante y presuntuoso – la había contratado para estudiar una versión de superconductores que podía revolucionar el mercado. Y ya de paso, hacerlo inmensamente rico gracias al genio de Genia (disculpen la redundancia). Sin embargo, Genia tan sólo fingía hacer cosas de cenutrios ambiciosos, porque su objetivo estaba puesto en algo más suculento, científicamente hablando.

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Últimas voluntades de un servidor. Recordatorio.

22 de julio de 2016.

Inestimable – en sentido literal – vejestorio que ejerció de administrador de este blog.

He estado leyendo sus artículos antropológicos en Alien Social, donde afirma gratuitamente que el antropólogo tiene que enfrentarse a la cultura estudiada como si fuera totalmente ajena a ella. Siendo yo un ejemplar sobresaliente en mi especie, incluso para una raza cuyo individuo más tonto es superior al mejor ejemplar homínido, y para más inri con una longevidad indefinida, me preguntaba cómo lleva la cosa de la mortalidad un tipo tan añejo como usted.

Como estudiarle a usted en particular, y a su especie en general, me produce un aburrimiento soberano, casi prefiero que nos lo cuente directamente y nos ahorre el esfuerzo.

Desde el cariño que no le tengo,

P.Baladring. (más…)