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El pajarico y la nieve: un cuento y tres moralejas

Como estamos en época preelectoral – once again! – y estoy hasta la boina de propaganda, os contaré un cuento con moraleja(s).

Estaba un pajarico en su nido esperando a sus padres, que habían salido a buscar comida (o quién sabe si al mitin del Partido Pajaril, más conocido como PP), cuando empezó a nevar. Y cayó nieve, y siguió cayendo, hasta cubrir el suelo de un inmaculado color blanco.

El pajarico, que nunca había visto la nieve de cerca, se lanzó inconscientemente desde la rama y se puso a corretear muy contento. Al cabo de un ratico empezó a sentir frío y quiso volver a su nido, sin encontrarlo. Y empezó a notar el frío, mucho frío, muchísimo frío – tanto que hasta los manchegos, además de arrimarse a la estufa, la encendieron – hasta quedar encogido en el suelo sin ser capaz de moverse.

Acertó a pasar por allí una vaca que, compadecida del pobre pajarico, descargó una gran y caliente boñiga sobre el avecilla. El pajarico entró rápidamente en calor, sacó la cabeza fuera de la boñiga, y muy contento se puso a piar.

Atraído por los trinos se acercó un zorro que delicadamente cogió al pajarico por el cuello, lo sacó de la boñiga, lo sacudió hasta que quedó limpio, y lo engulló.

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Esta historia tiene, al menos, tres moralejas:

La primera es que no siempre quien te cubre de mierda te quiere mal.

La segunda, que no siempre quien te saca de la mierda te quiere bien.

Última y más importante, que cuando estés cubierto de mierda, mejor no digas ni pío.

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Y como soy un adicto a quedar mal con los amigos, no me resisto a dirigirme con estas moralejas a esos partidos con dirigentes carismáticos que, más que asambleas, círculos, o lo que se tercie, acaban teniendo clubs de fans:

Aceptadlo: no todo el que os critica os quiere mal, no pretendáis denigrar a los gruñones a la categoría de casta, ni fusilarlos (según sea el ideario del club).

Asumidlo: no siempre las brillantes estrategias de vuestros dirigentes, especialmente cuando se autodefinen como líderes, pretenden sacaros de la mierda con buen fin.

Y en lo que a mí respecta, no pienso decir ni pío hasta que pasen las elecciones y tengamos gobierno, sea éste el que fuera, o fuese. Total, ya estoy con la mierda al cuello, pero una vez te acostumbras al olor tampoco se está tan mal.

Digan lo que digan, es peligroso abusar de las ensaladas

Anoche comí tanta ensalada que creo haber batido un record. Y no es que nadie pueda acusarme de ser vegetariano, no, que ya he dejado claro en otras entradas de este diario que mis amigos me conocen por “el grasas”. Soy de esos que se dejan las verduritas (¡horterada de nombre, oiga!) en el plato cuando molestan para alcanzar el solomillo. Basta con mirarme para comprobar que mi mejor amigo es el cerdo, del rabo al morro. No es cierto, en cambio, que también sea mi modelo vital. Eso es un bulo sin fundamento.

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Los fantasmas del año nuevo: un relato.

K. tenía un don. O una maldición, vaya usted a saber que la cosa era lo uno o lo otro según el momento. El caso es que podía vislumbrar tendencias en el futuro. No datos como el número de la lotería, o el resultado de un partido de fútbol, sólo tendencias. Las veía como líneas de sucesos que se entrelazan e interactúan, creando nuevos eventos y escenarios, unos más difusos, otros más resaltados, algunos, muy pocos, brillantes. El caso es que cuando K. se refugiaba en ese lugar vacío que hace que cuando una mujer pregunta “¿en qué piensas?” el hombre pueda responder con toda sinceridad “en nada”, a K. se le aparecían las dichosas tendencias. Quizás por eso K. no convivía con ninguna mujer, porque le hubiese resultado difícil contestar a esa pregunta – tendría que haber contestado “en la fecha más probable de nuestra separación” o algo parecido – así que tras múltiples y frustrantes intentos, K. seguía viviendo solo a sus muchas décadas de edad.

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