cuento

Las gárgolas

Un cuentecico que me han contado, y que yo cuento por aquí. 

Érase una vez un maestro picapedrero, especializado en la talla de gárgolas para grandes y arrogantes edificios. Y también catedrales y conventos, por supuesto.

Un día, al finalizar una de sus obras y mirarla por primera vez desde la distancia, se sorprendió al contemplar la gárgola más fea, terrorífica y horripilante que jamás humano alguno había tenido que contemplar. La estudió en todos y cada uno de los detalles del rostro sin observar nada anormal, pero cuando se alejaba, volvía a estremecerse al observar ese rostro maligno y degenerado, que a su vez parecía observarlo con malevolencia.

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El pajarico y la nieve: un cuento y tres moralejas

Como estamos en época preelectoral – once again! – y estoy hasta la boina de propaganda, os contaré un cuento con moraleja(s).

Estaba un pajarico en su nido esperando a sus padres, que habían salido a buscar comida (o quién sabe si al mitin del Partido Pajaril, más conocido como PP), cuando empezó a nevar. Y cayó nieve, y siguió cayendo, hasta cubrir el suelo de un inmaculado color blanco. (más…)

Digan lo que digan, es peligroso abusar de las ensaladas

Anoche comí tanta ensalada que creo haber batido un record. Y no es que nadie pueda acusarme de ser vegetariano, no, que ya he dejado claro en otras entradas de este diario que mis amigos me conocen por “el grasas”. Soy de esos que se dejan las verduritas (¡horterada de nombre, oiga!) en el plato cuando molestan para alcanzar el solomillo. Basta con mirarme para comprobar que mi mejor amigo es el cerdo, del rabo al morro. No es cierto, en cambio, que también sea mi modelo vital. Eso es un bulo sin fundamento.

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Los fantasmas del año nuevo: un relato.

K. tenía un don. O una maldición, vaya usted a saber que la cosa era lo uno o lo otro según el momento. El caso es que podía vislumbrar tendencias en el futuro. No datos como el número de la lotería, o el resultado de un partido de fútbol, sólo tendencias. Las veía como líneas de sucesos que se entrelazan e interactúan, creando nuevos eventos y escenarios, unos más difusos, otros más resaltados, algunos, muy pocos, brillantes. El caso es que cuando K. se refugiaba en ese lugar vacío que hace que cuando una mujer pregunta “¿en qué piensas?” el hombre pueda responder con toda sinceridad “en nada”, a K. se le aparecían las dichosas tendencias. Quizás por eso K. no convivía con ninguna mujer, porque le hubiese resultado difícil contestar a esa pregunta – tendría que haber contestado “en la fecha más probable de nuestra separación” o algo parecido – así que tras múltiples y frustrantes intentos, K. seguía viviendo solo a sus muchas décadas de edad.

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