relato

El viaje de Ifigenia: 6. Integrando

Ifigenia regresó a su despacho tras citar allí a Lorenzo. Hagamos un breve inciso para describir su entorno de trabajo. Es una pequeña oficina de seis por seis metros, atiborrada con dos escritorios, ordenadores, archivos, y estanterías. La superficie de su mesa de trabajo estaba despejada, con tan solo los utensilios del ordenador y tres bandejas apiladas para labores de entrada, en curso, y salida. Lo que cabe esperar de una chica ordenada y meticulosa. (más…)

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El viaje de Ifigenia: 5. Reencuentros

León ofrecía el típico aspecto de profesor universitario joven: una chaqueta que le sentaba como el saco a las patatas, un cuello de camisa imposible de abrochar bajo pena de asfixia, una corbata que estuvo de moda medio siglo atrás, vaqueros gastados y botas de senderismo. Ifigenia lo reconoció: le impartió clases de biología durante un par de semestres. Genia le había echado unos cuantos anzuelos porque el muchacho prometía, pero resultó ser uno de esos raros especímenes que creían en la monogamia. Eso, desde luego, no lo aprendió de su padre.  (más…)

El viaje de Ifigenia: 4. Encuentro

Ifigenia conoció a Agliaret un viernes, lo que le dejó todo el fin de semana para rastrear, disparar, cazar, y cocinar el gazapo (si es que finalmente lo había). Primero situó el posible lugar donde encontrar el error. Agliaret podía observar desde su posición tres paredes del dormitorio-cocina-comedor-sala-de-estar, pero leer los detalles de las esquinas más alejadas de la ventana y el mini-pasillo-de entrada-vestidor hubiese puesto en riesgo su actividad gimnástica, y ella lo habría notado, o eso suponía. Tampoco había nada escrito en la pared de la izquierda, dónde se encontraba el huequecillo que dicen que contenía, en una hipótesis nunca verificada empíricamente, la cocina.

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Digan lo que digan, es peligroso abusar de las ensaladas

Anoche comí tanta ensalada que creo haber batido un record. Y no es que nadie pueda acusarme de ser vegetariano, no, que ya he dejado claro en otras entradas de este diario que mis amigos me conocen por “el grasas”. Soy de esos que se dejan las verduritas (¡horterada de nombre, oiga!) en el plato cuando molestan para alcanzar el solomillo. Basta con mirarme para comprobar que mi mejor amigo es el cerdo, del rabo al morro. No es cierto, en cambio, que también sea mi modelo vital. Eso es un bulo sin fundamento.

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Los fantasmas del año nuevo: un relato.

K. tenía un don. O una maldición, vaya usted a saber que la cosa era lo uno o lo otro según el momento. El caso es que podía vislumbrar tendencias en el futuro. No datos como el número de la lotería, o el resultado de un partido de fútbol, sólo tendencias. Las veía como líneas de sucesos que se entrelazan e interactúan, creando nuevos eventos y escenarios, unos más difusos, otros más resaltados, algunos, muy pocos, brillantes. El caso es que cuando K. se refugiaba en ese lugar vacío que hace que cuando una mujer pregunta “¿en qué piensas?” el hombre pueda responder con toda sinceridad “en nada”, a K. se le aparecían las dichosas tendencias. Quizás por eso K. no convivía con ninguna mujer, porque le hubiese resultado difícil contestar a esa pregunta – tendría que haber contestado “en la fecha más probable de nuestra separación” o algo parecido – así que tras múltiples y frustrantes intentos, K. seguía viviendo solo a sus muchas décadas de edad.

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