Ficción

El viaje de Ifigenia: 2. Apetitos

Ifigenia trabajaba por entonces a las órdenes de un catedrático, que le pagaba por fingir que investigaba un nuevo tipo de superconductor en condiciones ambientales. En realidad, nuestro doctísimo cenutrio – al parecer de Genia, además de arrogante y presuntuoso – la había contratado para estudiar una versión de superconductores que podía revolucionar el mercado. Y ya de paso, hacerlo inmensamente rico gracias al genio de Genia (disculpen la redundancia). Sin embargo, Genia tan sólo fingía hacer cosas de cenutrios ambiciosos, porque su objetivo estaba puesto en algo más suculento, científicamente hablando.

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El viaje de Ifigenia: 1. La infancia

Podría fingir que he encontrado un manuscrito, o que alguien me contó esta historia, … Pero la verdad seguiría siendo que esta historia es pura ficción, desarrollada a partir de una idea recibida en un momento de debilidad cognitiva y emocional.

Éste es un capítulo introductorio (en el buen sentido de la palabra) de una serie de cuentos que se desarrollarán (o no) dependiendo de la respuesta que obtenga. Si os gusta la idea, por favor comentad vuestro parecer. De lo contrario Ifigenia tendrá una vida intensa, pero breve. Muy breve.

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Digan lo que digan, es peligroso abusar de las ensaladas

Anoche comí tanta ensalada que creo haber batido un record. Y no es que nadie pueda acusarme de ser vegetariano, no, que ya he dejado claro en otras entradas de este diario que mis amigos me conocen por “el grasas”. Soy de esos que se dejan las verduritas (¡horterada de nombre, oiga!) en el plato cuando molestan para alcanzar el solomillo. Basta con mirarme para comprobar que mi mejor amigo es el cerdo, del rabo al morro. No es cierto, en cambio, que también sea mi modelo vital. Eso es un bulo sin fundamento.

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Los fantasmas del año nuevo: un relato.

K. tenía un don. O una maldición, vaya usted a saber que la cosa era lo uno o lo otro según el momento. El caso es que podía vislumbrar tendencias en el futuro. No datos como el número de la lotería, o el resultado de un partido de fútbol, sólo tendencias. Las veía como líneas de sucesos que se entrelazan e interactúan, creando nuevos eventos y escenarios, unos más difusos, otros más resaltados, algunos, muy pocos, brillantes. El caso es que cuando K. se refugiaba en ese lugar vacío que hace que cuando una mujer pregunta “¿en qué piensas?” el hombre pueda responder con toda sinceridad “en nada”, a K. se le aparecían las dichosas tendencias. Quizás por eso K. no convivía con ninguna mujer, porque le hubiese resultado difícil contestar a esa pregunta – tendría que haber contestado “en la fecha más probable de nuestra separación” o algo parecido – así que tras múltiples y frustrantes intentos, K. seguía viviendo solo a sus muchas décadas de edad.

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