Así somos: la banalidad del mal

En 1961, la filósofa y teórica política alemana de origen judío Hannah Arendt asistió al juicio al dirigente nacional-socialista  Adolf Eichmann como enviada del New Yorker, y escribió sobre la banalidad del mal: cómo un hombre vulgar, gris, un burócrata, pudo causar tanto dolor. Para entender la visión de Hannah Arendt, recomiendo este breve fragmento de película:

Pero no hace falta remontarse a la segunda guerra mundial, ni viajar a otros continentes, para buscar ejemplos. Quienes tenemos una cierta edad podemos recordar la masacre de Srebrenica de la que se cumple en estos días veinte años, o las violaciones masivas de mujeres en Bosnia bajo la mirada impertérrita de la Unión Europea.

En realidad ni siquiera es necesario que se aplique la violencia directa, ahí tenemos a los estilizados mandatarios financieros de la comunidad internacional desangrando países sin inmutarse: ahora el foco está en Grecia, como pocos años atrás estuvo en Argentina.

Citaré brevemente los trabajos de personas como la mencionada Hannah Arendt, Haritos-Fatouros, Milgram, y Bauman para explicar cómo puede el mal ser interiorizado por una sociedad en un momento dado de su historia, hasta formar parte de su moral (recordad el concepto de riesgo moral aplicado por la Eurozona).

Os advierto que este artículo no es divertido, porque obliga a replantear el concepto que tenemos de nosotros mismos. Sin embargo es de todo punto necesario conocer para entender y actuar.

Adelante pues con la lectura si queréis saber. Si en cambio preferís ignorar, cerrad los ojos y pasad a otra cosa más superficial, pero antes recordad que quien ignora la historia está condenado a repetirla.

Allá vamos.

Basándose en el concepto de banalidad del mal expuesto de forma teórica por Hannah Arendt, el psicólogo Stanley Milgram planificó entre 1961 y 1962 un experimento que ha pasado a la historia de esta disciplina. Milgram y su equipo contactaron con un millar de participantes de todos los ámbitos sociales: obreros, oficinistas, maestros, personal sanitario, … Al sujeto del experimento le recibía una persona con bata blanca que le explicaba que su tarea consistía en colaborar en la investigación sobre los efectos del castigo en los procesos de aprendizaje. También le presentaban a un segundo sujeto – un cómplice en realidad – que se suponía iba a ser el alumno en el proceso, mientras que él, el sujeto real, iba a actuar como maestro. En caso de error del alumno, el maestro debería castigarle con una corriente eléctrica, aumentando progresivamente en tramos de 15 voltios hasta los 450 voltios. Se le explicaba al sujeto que el alumno permanecería atado a su silla para evitar la posible desconexión de los electrodos con las sacudidas. Para probar el aparato, se le transmitía al maestro una descarga de 45 voltios de prueba desde el tercer botón, que en realidad era el único que funcionaba.

A medida que el alumno iba fallando en sus respuestas, el investigador con bata blanca le iba pidiendo al maestro que subiese el voltaje y efectuase una descarga. Cuando el voltaje era lo suficientemente alto para causar daños reales, el maestro podía mostrarse remiso a continuar, así que el investigador le insistía con frases como “Por favor, continúe…. El experimento requiere que usted continúe… Es absolutamente necesario que usted continúe…. Usted no tiene otra opción que la de continuar….”. En algunas variantes el maestro podía escuchar los gritos del alumno pidiendo que no se continuase porque el dolor era insoportable, pero el investigador seguía insistiendo. Para quienes deseen saber más sobre el desarrollo del experimento, recomiendo visualizar esta recreación del mismo:

No voy a entrar en más detalles sobre el experimento porque hay abundante literatura disponible, pero creo importante resumir los resultados numéricos de algunas de las diecisiete versiones que se llegaron a realizar:

  • Si el maestro no veía ni escuchaba al estudiante, el 100% de los sujetos completaron el experimento llegando a descargar sucesivamente hasta 450 voltios.
  • Incluso cuando el sujeto escuchaba los gritos de dolor y súplicas del supuesto alumno el 62,5% de las personas llegaron hasta el final.
  • El porcentaje bajó al 40% cuando ambos sujetos compartían habitación, y el maestro veía al alumno además de escucharle.
  • En una variante, el alumno podía apartar la mano y el maestro debía colocarle el electrodo por la fuerza. Aun así, el 30% de los sujetos descargaron los 450 voltios.
  • Cuando el investigador abandonaba la sala y se comunicaba por teléfono, el porcentaje de reiteraciones completas disminuyó hasta el 20,5%. El porcentaje fue similar cuando la persona que controla el experimento no viste bata blanca y se presenta como otro colaborador elegido al azar.
  • Si la tarea del maestro se repartía entre dos personas, y una de ellas – otro cómplice – se plantaba en los 150 voltios, sólo el 10% de los sujetos siguió aplicando descargas.
  • Cuando el experimentador decidió parar a los 150 voltios, incluso si el alumno exigía seguir recibiendo descargas con alguna excusa, ningún maestro continuó.

Algunos cambios no produjeron efectos significativos en los resultados. Por ejemplo, cuando los alumnos pasaron a ser mujeres, o se cambiaron los entornos. También se repitieron los experimentos en diversos países, observándose esta vez sí variaciones según la cultura: entre 1967 y 1976 se repitieron en EEUU con resultados variables del 30% al 91%, en España, Austria e Italia se obtuvieron valores del 50%, 80%, y 85% respectivamente. El nivel más bajo fue el de Australia, con tan sólo un 28% de obediencia hasta el nivel criminal, pero es engañoso: el 40% de los hombres obedecieron, frente a tan sólo el 16% de las mujeres.

¿Se va entendiendo ahora el concepto de banalidad del mal? ¿Queda más claro por qué Eichmann no se consideraba a sí mismo un criminal si sólo obedeció órdenes e hizo su trabajo lo mejor posible? Porque entendía que hizo lo mismo que cualquiera en su lugar, y en buena parte tenía razón.

Milgram extrajo algunas conclusiones importantes de su experimento. Al vivir en una sociedad donde trabajo y relaciones están jerarquizados, la capacidad de tomar decisiones autónomas queda mermada por la socialización de la obediencia: estamos condicionados por la cultura dominante en nuestro entorno para obedecer a aquella persona que conceptuamos como la autoridad. Esta predisposición hacia la obediencia no elimina la moral, pero desplaza su foco de las consecuencias de las acciones hacia la tarea encomendada, de forma que el interés es realizar la tarea a satisfacción de la autoridad, con independencia de sus efectos reales en el entorno. La razón es que el maestro considera que ha adquirido un compromiso con una autoridad, así que ante la insatisfacción del experimentador el alumno – con quien no le une ningún compromiso previo – es percibido como una molestia, un impedimento para cumplir adecuadamente la tarea.

Sin embargo no había un policía o un militar en la habitación, tan sólo una persona con bata blanca que se presentaba como el responsable del control del experimento. El poder de la autoridad no proviene de sus características personales, sino de su posición en la estructura social, tal y como la percibe el sujeto. Es decir, asignamos esa propiedad de autoridad en un contexto determinado a alguien, con independencia de quien sea o qué representaría en otras circunstancias.

Charles Chaplin: en el gran dictador un barbero judío acaba siendo adorado como líder.  Es la autoridad percibida y atribuida. Charles Chaplin: El gran dictador.

Hay otras características que son importantes, y que me atrevo a denominar el efecto sostenella y no enmendalla: gradualidad, temporización y acumulación. Si el sujeto aplicó un determinado voltaje unos minutos antes, ¿cómo justificar la negativa a aplicar otra descarga sólo ligeramente superior? Por tanto cada vez que se repite la acción es más difícil argumentar porque supondría aceptar que todas las acciones anteriores fueron erróneas, y casi imposible cuando los efectos se han acumulado por las repeticiones.

Si aplicamos este efecto al caso de la deuda griega, es altamente improbable que personas que llevan mucho tiempo aplicando una determinada línea de decisión en este contexto cambien su punto de vista: si yo estoy haciendo lo correcto y no funciona, la culpa debe ser de los griegos que no hacen bien su trabajo, y por tanto me están haciendo fracasar.

Sin olvidar el síndrome de Hubris, pero eso sería apartarnos del tema.

1984: Winston Smith acabaría amando a su torturador O’Brien, y por supuesto al Gran Hermano

Concluyendo.

El resultado final de estos procesos es que el sujeto asume la eficacia en la aplicación de las tareas encomendadas, mientras la responsabilidad de los actos se delega en la autoridad que los ordena, quién a su vez las asignará a quien se lo haya encargado, …. y el responsable máximo dirá que es un mandato del pueblo, o de Dios, que también pudiera ser. De esa forma acaban diluidas las responsabilidades de los actos cometidos, atribuidas en última instancia a identidades intangibles, cuando no a la propia víctima, cualesquiera que estas sean.

Por esta razón, cuando Zygmunt Bauman analiza el holocausto lo atribuye a la forma de racionalidad más característica de la modernidad: la burocracia. La acción moral es la lealtad, el cumplimiento del deber y la disciplina, la acción racional es la eficacia. Las víctimas no tienen cabida en esa visión, y como afirma Primo Levi en el vídeo que viene a continuación, no es posible odiar los engranajes de una maquinaria.

Volviendo a Eichmann: obedecí órdenes e hice mi trabajo lo mejor posible, no soy un criminal.

Otra interesante conclusión es que el concepto de autonomía del individuo es en la mayoría de los casos una ilusión. Es la ideología moderna la que divide a la sociedad en unidades mínimas denominadas individuos, asignándoles responsabilidad penal y social, y sin embargo no es la suma de individualidades autónomas la que configura la sociedad, sencillamente porque la sociedad no permite que éstas existan. Curiosa y desoladora contradicción que resume Bauman al afirmar que “cuando lo público ya no existe como sólido, el peso de la construcción de pautas y la responsabilidad del fracaso caen total y fatalmente sobre los hombros del individuo”.

Por último concluir que en las circunstancias adecuadas las personas somos, en nuestra mayoría, capaces de ejercer cualquier mal sin necesidad de sentirnos malvados por ello. Cuando la Dra. Haristos-Fatouros analizó el proceso de formación de los torturadores de la policía griega durante la dictadura de 1967 a 1974 encontró que los torturadores fueron, tenían que ser, gente normal para que la obediencia a la autoridad prevaleciese sobre el impulso humanitario, no servían sádicos y psicópatas difícilmente controlables. Así el estado puede destruir un individuo sano y normal para reconstruirlo posteriormente a su conveniencia. Esto no es exclusivo de las dictaduras: al contrario, es habitual en el entrenamiento de las tropas de élite de cualquier nación, o por ejemplo en la asunción de su rol por parte de presos como demostró el conocido experimento de Zimbardo. Buscad una persona armada que vista un uniforme y tendréis a una individualidad reconstruida en mayor o menor medida.

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He citado a lo largo de este artículo el comportamiento de la burocracia nacional-socialista alemana, las tropas serbias en la guerra de los Balcanes, la posición de los dirigentes que imponen la austeridad hasta la muerte, los torturadores griegos, … Casos excepcionales, y sin embargo el efecto de la obediencia a la autoridad en una sociedad burocrática no acaban con las situaciones de excepción. Recordad por ejemplo lo que escribí sobre el caso 4F y su posible explicación.

Mirad a vuestro alrededor, porque ocurre todos los días y no lo vemos por un sesgo cognitivo, pero cuando seamos capaces de ver y entender, existirá una posibilidad de cambio. Si eso ocurre, por pequeña que sea la escala, este blog habrá servido de algo.

Saludos,

@VJNacher.

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NB: Quizás no tenga mucho que ver con el tema, pero hoy ha fallecido el poeta perezoso y visionario ácrata Javier Krahe. Le debo una disculpa por pensar en su momento que se pasaba en su crítica al líder del momento Felipe González.

Sea como fuere, que su poesía nos persiga y no permita que descansemos en paz.

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4 comments

  1. Estaba intentando acordarme de qué me sonaba lo del síndrome de Hubris y acabo de caer: Guerra acusaba a González en sus memorias de haberlo padecido tras unos años en el poder.

    Antes de que se me ataque por citar a Alfonso Guerra, aviso de que yo sólo cumplo órdenes, y es la sociedad la que me ha hecho así.

    “Si eso ocurre, por pequeña que sea la escala, este blog habrá servido de algo”. Ya te respondes tú mismo a las dudas bloguexistenciales 😉

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    1. El síndrome de Hubris es bastante conocido. Yo lo descubrí intentando averiguar qué le pasaba a Aznar, que lo clava.

      Y no busques excusas, que no cumples órdenes, y la sociedad te desterró. Por eso has tenido que pedir asilo social en Murcia. Bueno por eso y por la playa, y la comida, y…

      Respecto del blog, fíjate en el tiempo verbal de “habrá servido”. Me consta que la decisión está casi tomada y no va en esa dirección. El administradorzuelo ese que nos ha tocado lo publicará este fin de semana (Personalidad dominante, dicen, ¡DOMINANTE, JA!.

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